lunes, 23 de febrero de 2009

Me encuentro en una jungla (parte 2)

Es 14 de febrero, supuestamente el día de la amistad, el día del amor, día donde las relaciones serias y las trampas se encuentran, día donde no basta una declaración de amor, donde no hay hombre que le declare un lindo poema a su enamorada, novia o esposa, día para demostrar el verdadero amor que se le tiene a otra persona, donde si estas solo pasarla con tus amigos, y donde no falta una chupeta mortal, donde la infidelidad abunda y no queda una que otra trampa que no haga de las suyas, donde el hombre demuestre si soporta s con su (o sus) trampas al igual que la mujer, etcétera. El despertador suena y lo que me lleva a que tengo que asistir a mis clases de natación, alisto mis cosas, ignoro el desayuno que me preparó mi tía con tanto cariño, escucho desde el fondo de la sala una canción de Guns N’ Roses, lo que me lleva a sentirme en mi verdadera casa, cojo un pan y empiezo a devorármelo mientras que me dirijo a la puerta para asistir a mí ejercicio interdiario. Después de 15 minutos de caminata, por fin llego al lugar donde voy a nadar, entonces muestro mi carnet y me someto a una serie de torturas por parte del profesor y su asistente que según ellos lograré ganar el lunes en los preliminares, pero creo que no estaré en condiciones de satisfacerlos y lograr un triunfo que me lleve a ser respetado ante los demás alumnos. El día no es tan soleado para mi gusto, más bien es un mal día, porque no haré nada más que leer los libros que se encuentra en el bolso y escribir poemas melancólicos. Ya no soporto el martirio de estar nadando, lo que lleva a que mi cuerpo realice más esfuerzo que desde luego sabré que llegaré a casa, me lanzaré contra la cama y dormiré como un recién nacido, pero también presiento que moriré de una gripe mortal peor que la gripe aviar (aunque esa le dé a los pollos). Pido súplica al maestro que desde luego me concede y me retiro a la casa de mi tía donde me espera el almuerzo y a seguir celebrando aquel 14 de febrero que por más que haya gente a mí alrededor me siento solo, abandonado, desamparado, vacio y muchos sinónimos más. Es entonces que llego a la casa y trato de no recordarme que no hay nadie a mi alrededor que el día lo compartiré con mis amigos pero creo que ni yo mismo siento ganas de pasarlo con ellos, aunque estén lejos igual tendré que presentir que no los tengo.
Son las dieciocho horas, aun sigo en mi cama, el ordenador reproduce “Slither” de Velvet Revolver y precisamente en el solo de Slash que me relaja de todo lo que tengo en mente para celebrar un día que debe pasar muy rápido o que no debe de existir. Trato de pensar en los Red Bull´s que bebería si es que no me hubiera gastado días antes el dinero que me entrego mi abuela. Es extraño en mí ver demasiada televisión pues una de mis opciones de pasar este día (que pasa muy lento) es estar impregnado en la tele como un botón en una camiseta. No tengo ganas de leer por el momento se que me arruinará las ideas que se me han ocurrido para escribir textos futuros. Entonces cojo el teléfono móvil, marco el número de un amigo que no charlaba con él hace tiempo y le pregunto qué planes tendrá para más tarde y me responde con una respuesta grotesca que dice así: “No sé brother pero tengo acá dos putas, ven a mi casa. Ahora”, es entonces que le digo: “Nicagando causa, me conoces muy bien y no me gusta ese tipo de cosas”, le cuelgo y me digo: “No Carlos, no fue una buena idea llamar a ese “patin”, mejor anda a una droguería y compra un Diasepan para que descanses”, entonces me levanto y le pido a mi tío la dirección de una farmacia que esté más cerca a la casa, lo que es imposible, la botica más cerca está a 3 cuadras lo que es muy lejos para mí, ya que soy un perezoso. Doy vuelta atrás y vuelvo a la habitación y espero que sea hora de la cena, que aproximadamente será a las 21 horas, lo que me queda es descansar.

Me pasé de la hora, pero aún queda comida, pero no tengo ganas de comer más que una manzana. Me lanzo contra el mueble acolchado que se ubica en una esquina de la sala y empiezo a ver televisión, derrepente aparece mi prima con una amiga que es un poco más alta que ella, de tés blanca, ojos marrones y de labios bien pronunciados, me pregunta que si quiero ir con ellas y dos amigas más a Drama donde se presentará un grupo que se hace llamar Kema, del cual nunca he escuchado una canción, ni me interesa escuchar, le respondo que encantado voy, pero si me ponen la entrada, lo que me responden en coro: ¿Qué más Darling? ¿Quieres que te escojamos tu vestuario? J-O-D-E-T-E -con voz enérgica-, dan una carcajada y se retiran a su habitación (de mi prima). Es así que las dos me provocan a tener una idea de pedirle dinero a mi tía para ir con ellas y sus demás amigas a divertirme, lo que no se puede cumplir y se da por fracasado mi plan, finalmente, decido ver televisión toda la noche, contemplarla hasta que mis ojos se tiñan de rojo y no puedan resistir más la pantalla, hasta que suena mi móvil, es mi madre, para que estará llamándome, le digo a mi tía “no tengo la menor idea” contesta ella, entonces respondo y mi madre me ordena a que tengo que salir rumbo a Chosica, donde primero me encontraré en el Ovalo de Santa Anita con mi primo Santiago, luego nos dirigimos a la casa y por último a Chosica, a una cena familiar. Pienso que por fin me divertiré, pero no es así, me espera algo peor, chistoso y grotesco, subo a la habitación, me ducho y me cambio. Es hora de partir, me digo, mientras me observo al espejo y doy una sonrisa, alisto una mochila con mis cosas, me despido de mis tíos, mi prima y su amiga y me enrumbo en dirección a Chosica. El viaje de regreso es pesado, demora como dos horas, pero gracias a Dios me sumerge en un agradable sueño. Llego al Ovalo, me encuentro con Santiago y vuelvo a partir junto a él a Chaclacayo para luego ir a Chosica. Durante el recorrido conversamos de nuestras cosas, de lo que nos ha sucedido tanto como a él y a mí por un aproximado de 45 minutos. Al llegar a casa, dejamos nuestras cosas y partimos en dirección a Chosica. Arribando a ese distrito prefiero bajar unas cuadras antes para observar quienes se encuentran en los alrededores y tal vez me acuerde de una aventura cornuda e infame (algunos ya suponen a que me refiero con cornuda) y me hace recordar ahora y poder citar a Renato Cisneros en uno de sus post de su blog (Busco Novia) que tanto me agrada leer y que al leer este post recordé que una de estas intuiciones pasaron por mi cabeza y eran real y dice así:

(…)

“–Intuyes que tu novia te saca la vuelta cuando la comunicación entre ustedes empieza a fallar. Y no me refiero a que de pronto conversan menos o casi ni hablan, no, me refiero más bien a cuando las comunicaciones, tan eficaces al inicio de la relación, de repente comienzan a presentar sospechosas fallas técnicas, desarreglos que antes no se registraban.
Pensemos, por ejemplo, en el celular de tu chica. Nunca antes se había descargado, el saldo siempre fue ilimitado, el chip nunca se oxidó. Ahora –oh, casualidad– resulta que se estropea a cada rato; que la empresa le cancela el servicio de buenas a primeras; que el sistema se cambió a pre pago automáticamente.
“Amor, te estuve llamando toda la tarde, nunca me contestaste, qué pasó”, le recriminas con suavidad. “Ay, no sé, es este teléfono de porquería, no sé qué le pasa. Se prende y se apaga, se prende y se apaga. De repente se queda muerto”, explica ella, zamarra, vivaracha, astuta. Lo que no te dice, claro, es que lo apagó o –más considerada– lo puso en silencio (y vibrador) para que no interfirieras mientras ella conversaba animadamente e intercambiaba lengüetazos con el tarado con el que te viene adornando desde hace semanas. “
(…)

Me siento identificado y augusto por una parte con ese tema y también con este:

(…)

“–Dudas de la fidelidad de tu enamorada cada vez que se para de la mesa, en pleno almuerzo, al oír el timbre de su teléfono portátil. Suena el aparato (para colmo, con el ringtone de la canción “Si pudiera ser tu Héroe”, de Enrique Iglesias) y ella inmediatamente se levanta, le baja el volumen al celular y se retira a la cocina, mientras tú te quedas como un pelotudo en compañía de sus papás y su hermano menor.
No abres la boca, pones toda tu concentración en oír la conversación telefónica, pero no puedes, porque de pronto el papá te pregunta “¿Y cómo van las cosas en el trabajo, hijo”? Obvio que a ti solo te provoca responderle “qué coño me importa el trabajo ahorita, viejo pelado, no ves que tu hija me está humillando. Deberías preocuparte por tu trabajo más bien, porque he escuchado que te van a jubilar antes de tiempo, por flojonazo”. Sin embargo, no pierdes la calma y educadamente dices: “todo camina bien, señor, gracias”. Vuelves a intentar oír los murmullos de tu novia, a ver si alguno te revela cierta información útil, algo que te permita aplacar tus dudas que tormentosas crecen. Aguzas el oído y escuchas que se ríe, y lo peor es que lo hace con esa risita de niña coqueta que hace tiempo no le escuchabas. A lo lejos sientes que está a punto de decirle a su interlocutor algo determinante, algo clave, y entonces, como si el destino estuviera en contra tuya, la mamá interviene en la mesa para malograrte el espionaje. “¿Está rico el sancochado? ¿Qué tal me quedó? Lo preparé yo solita”.
Mentalmente mandas a tu suegra por un tubo y reprimes el comentario que por poco se te sale de la garganta: “bruja del diablo, justo estaba a punto de escuchar algo decisivo, y tú me sales con el sancochado. ¿Cómo va a estar pues? ¡Horrible, como todo lo que cocinas! Nunca he probado un sancochado más feo, desabrido y vomitivo que este. Deberían denunciarte por envenenamiento”. Claro que no dices eso. Te aguantas, improvisas una media sonrisa y a continuación respondes: “mmm, está riquísimo, señora, ni mi mamá lo hace tan rico”.
Finalmente, cuando oyes que tu chica está diciéndole a su supuesto amante: “mostro, nos vemos mañana en…”, justo ahí, el hermanito de 12 años fastidia preguntándote: “¿Oye, has visto la última película de Brad Pitt, esa de la vejez prematura?”
Lo miras con ojos de criminal y en silencio le dedicas una maldición: “¡cállate, engendro! ¡Vejez prematura debes tener tú! Anda a jalarte la tripa en vez de estar preguntando sonseras”.
Luego, para no levantar sospechas, absuelves la duda del niño con un comentario de lo más fresa: “No, no podido verla todavía, pero fijo que se lleva todos los Óscar”.”
(…)

Aquellos párrafos citados me recuerdan mucho a lo que pasé anteriormente, en mi faceta de “venado”, aunque no les creía a mis amigos o mejor dicho los ignoraba no me percataba que tenían la razón y verdaderamente me volvían en un reno de Santa Claus. A veces los amigos tienen razón y uno se deja llevar por la pareja que te enreda en sus ramas y no te suelta, porque simplemente te controla mentalmente como también físicamente, y es bien extraño no percibirlo, como algunos dicen “el amor te vuelve idiota” y te vuelve bien pero bien idiota y por esa idiotez pagas muy caro. Hay gente que cuando se encuentran enamorados dan todo de sí, su cien por ciento si se podría decir y otros que no lo demuestran hasta estar bien seguros que la otra persona sienta lo mismo por él o ella. En mi caso, creo que siempre doy todo de mí, y eso me termina hundiendo, porque me hace daño, mucho daño, pero lo bueno que puedo sacar de ese hoyo al que caigo es que me vuelve en un loco escritor, que pide a gritos escribir y escribir, porque me hace fantasear más, vivir en el Edén imaginándome a ella y a mí, pero luego todo colapsa y esa utopía muere, se destruye, se desmorona a pedazos y vuelvo a la realidad y me doy cuenta que soy un cojudo, que todo esto es una alucinación mía y todo se va a la misma mierda, porque solo la puedo encontrar en mis sueños, en mis fantasías, en la alevosía que me juega mi propia mente convirtiéndome en su propio esclavo. Sé que en este momento está lloviendo, me encanta la lluvia, me encanta entregarme a ella, porque me apasiona, me enardece compartir ese momento entre humano-lluvia, me encantaría salir, correr sin rumbo donde lo que haga no sea más que correr y correr porque nunca me cansaré de escapar de alguien. Pero en fin, no hay marcha atrás, lo hecho, hecho está y uno no puede retroceder el tiempo, no puede retroceder al pasado para borrar aquel mal recuerdo que siempre estará presente en alguna broma o en una charla entre patas, mientras te mandas un cajón de cerveza Brahma, al igual que el amor, el amor nunca se olvida, se queda clavado en el corazón como un clavo en una madera deja su huella que por más que lo lijes o tapes el hueco que dejo al ser incrustado dejó huella, una huella imborrable. Como también los catorces de febrero son una fecha especial y muy importante para todos los que comparten sentimientos con su pareja, un sentimiento mutuo, donde sin decir una sola palabra y con solo una mirada se dicen más que mil palabras o también reemplazan un “te quiero” o un “te amo”.

Llegue a Chosica y me dirijo al restaurant (tiene un estilo rústico, me agrada su ambiente), pido el plato especial y luego paso a retirarme donde mi madre me da 100 soles y me dice que me vaya donde se me pegue la regalada gana, pero a donde huir, este San Valentín ya fracasó para mí. Entonces elijo dar unas vueltas al parque Central de Chosica que tiene una pileta que tiene unos colores vernaculares que más bien parece un elogio a la música chica; mientras me doy unas cuantas vueltas pensaré en que será mi vida o es hoy en día, soy un tipo tímido, que por fuera demuestra ser fuerte, pero no lo es, porque es un pobre y triste cabrón. Es entonces que escojo una alternativa, el trago, este me hará pasar la melancolía que llevo en la mente y más en el corazón, entonces me dirijo a una licorería a comprar trago y cuando me encuentro en aquella taberna todos empiezan a reírse de mí, algunos degenerados piensan que soy una mujer por el cabello largo y el jean que uso y también el polo, pero no le tomo atención, en mi mente digo “pobres idiotas, no saben lo que hacen” y sonrio. Es así que ahora me encuentro en un bar apunto de comprar un vodka y un ron con una coca cola pero me arrepiento, estoy haciendo deporte y no quiero embriagarme y quedar mal, entonces elijo comprar seis Coca Colas e ir a mi casa, estar en mi habitación y hacer lo que me gusta.

Logro adquirir las Coca Colas, tomar un carro e ir a mi casa. Al llegar a mi hogar no hay nadie para que pueda abrirme la puerta, así que elijo treparme y lanzarme a la otra parte de la casa para poder ingresar a mi morada, logro mi objetivo, enciendo el ordenador y vuelvo al mundo en el que siempre paro, escribir para hacerme conocer como un nuevo novelista, un nuevo literato y es así que fue mi día de San Valentín, un día donde no me dominó la alegría, todo fue dark, melancólico, frustrante y triste, donde no me salieron tantas risas, donde mi corazón se volvió más duro de lo que estaba y creo que durante el paso del tiempo, de los años y las décadas que me queden de vida siempre los catorces de febrero y los viernes trece serán unos días apocalípticos y terroríficos. Aquellos catorce de febrero quedarán en mi mente porque seguiré escribiendo acerca de ellos por el paso del tiempo que aún me queda de vida, porque creo que el amor me revuelca como las olas del mar y siempre me tendrá un juego y una experiencia nueva en toda mi vida.

Tan solo pasan diecinueves catorces de febrero para tener experiencia suficiente.
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Espero que les haya sido de su agrado la primera y segunda parte de esta historia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

oh!! pues veo que ud también escribe xD pues que bueno... is great!!me too -.- jum takE car3

Hola tots dijo...

ja ja gracias... muchas gracias por leerlo.