A su mujer se la sacaron en la enorme cama de los terrenos, mientras los felinos aparecían destrozados tras su emborrachada noche. Habían decomisado y luego derramado el petróleo que era para encender las antorchas.
Esto era un obstáculo cada mañana, porque los sacerdotes tenían que cocinar el animal antes de que el Otorongo se ponga la rudimentaria vestimenta y coja las armas de la zona.
Antes de su muerte en la trampa, el sonso de la reja de madera gritó: “¡qué carajos!” tras caer encima de las antorchas, gracias a la creativa diestra del Otorongo. Ahora sí se saldría con la suya. Ahora sí la pesadilla de los colonos era muy grande, que por accidente lo mataron al igual que a su mujer…
PD: Hecho en base al procedimiento Tzara.
sábado, 10 de diciembre de 2011
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