Llegamos al restaurant árabe del cual tanto me había comentado un gran compañero mío que había estado en esos lares mucho antes que arribe a la tierra de los creadores de aquel deporte maravilloso: el futbol. Él anciano ingresó primero y yo a su atrás. Nos sentamos cerca a la mesa de unos hombres que vestían ternos azules y sombreros de copa; luego de habernos acomodado en nuestros asientos el camarero se acercó y nos dio la carta. Pasado 2 minutos pedí un “burek” y el anciano un “Iham liahlou” que era un guiso de cordero con ciruelas, canela y agua de azahar.
Mientras esperábamos nuestros pedidos comenzamos a conocernos más. Le comenté que venía de de Niza, Francia, que mis padres habían fallecido en un accidente automovilístico y que había estudiado bibliotecología; asimismo me animé por decirle que estaba de vacaciones en Londres pero le mentí, ya que la verdadera razón era que me había cansado de vivir en Francia y que buscaba nuevos rumbos. Era algo absurdo esa idea pero, lamentablemente, era la verdad. Mi miedo a lo que me esperaba en Niza era gigantesco…
El anciano se quedó boquiabierto y lo único que me dijo fue: “Dios es grande. Dios me escuchó. Me ha enviado a la persona que esperaba”. Le pregunté por lo que había dicho y me comentó que el esperó 11 días y 10 noches un plato de comida y alguien quien le escuche, y esa persona era yo… un chico que no se vestía de acuerdo a su personalidad. Entonces le comenté que no era el que pensaba, que siempre he sido caritativo con los demás y que estaba en desacuerdo acerca de mi forma de vestir. El anciano bajó la mirada y susurró: “Realmente, no eras la persona que yo pensaba… eres como los demás. Mejor me retiro. Cancela el pedido.” Le dije que no debía de sentirse así, pero fue todo en vano. Él se había retirado.
Cancelé mi pedido y el del anciano, tomé mi bicicleta, me monté en ella y volví al pueblo. Me había entrado la melancolía, me empecé a sentir mal, estaba lastimándome con el recuerdo de aquel día lluvioso en Niza, donde había perdido a la mujer que me hizo conocer la palabra amor, que al pasar por su balcón me quedaba cerca de 30 minutos esperando que salga y al momento en que ella se asomaba, rápidamente me iba corriendo, que tenía miedo a hablarle y hasta de decirle un “Hola”. Mi timidez y el “yo” que había tratado de matar salía a flote y no lo podía controlar. Los recuerdos eran cada vez más intensos, su cabello castaño, su rostro blanco y fino, sus ojos color café, su cuerpo definido y sus manitas delgadas de muñeca de porcelana hacían que me arrepienta, que comience a pensar que fue un error huir del lugar, que debería ser “yo” y no escapar de la situación.
Las palabras que había pronunciado el anciano en el restaurant, volvían a mi mente: “Dios es grande. Dios me escuchó. Me ha enviado a la persona que esperaba”. ¿Realmente, ella era esa persona? ¿El anciano era un reflejo de mi en un futuro? ¿Todos necesitamos a alguien para poder sobrevivir? Pues cada vez que las palabras venían a mi mente, el rostro del anciano se asemejaba al mío.
Llegué a mi recinto y apresuradamente saqué el retrato de mi amor platónico… Sonriente en la foto, sentada en un muro una blusa color uva y una cartera marrón se encontraba mi maja. Lo coloqué al costado mío, para ser más exactos, en mi almohada y me eché a mi cama para poder contemplarla, como si ella estuviera en cuerpo y alma, al costado mío…
