Miré el reloj y eran las 7 de la tarde, el sol era insoportable y no corría aire, entonces decidí encerrarme en mi habitación y descansar. El tiempo corría con lentitud y de tal manera que 10 minutos me parecían dos horas. A cada momento me levantaba de la cama para tomar un vaso con agua o coger alguna fruta que se encontraba encima de la mesa y ver por la ventana si el muchacho volvía a cruzar la calle.
Después de haberme levantado cerca de 50 veces de mi litera, pude, por fin, dormirme. Mi sueño duró hasta el día siguiente. Al despertar, me sorprendí al ver la ventana abierta -en un comienzo pensé que algún ladrón había entrado a mi estancia pero luego descubrí que no era lo que pensaba, sino un gato-, luego me dirigí al baño para asearme y salir a comprar algo para comer.
Entré, me vi al espejo y noté que me había crecido el cabello, que mi rostro parecía algo femenino; minutos más tarde, al desvestirme, me di con la sorpresa que había adelgazado más, que si seguía con la vida que había elegido moriría no de vejez, sino por falta de alimentación. Al momento de ducharme sentía que el agua me abrazaba, que era una compañía más para mi aparte de los libros de Ernest Hemingway y el cuadro de Rembrandt que estaba colgado al frente de mi cama. Salí de la ducha y aun sentía el olor a soledad en mi y en la alcoba, pues nunca se había esfumado.
Con el cuerpo desnudo me dirigí a buscar mi ropa interior, unos pantalones, una camisa y unas botas. Me vestí y cogí la cajetilla de cigarros que estaba encima de mi velador y salí de la habitación, cerrando la puerta un poco fuerte. Bajé las escaleras deprisa y me dirigí a buscar alguna tienda. Llegué a la esquina –donde había desaparecido el muchacho de tez blanca- y alquilé una bicicleta para darme un paseo por la ciudad y de paso degustar algún nuevo plato del restaurant árabe que habían abierto hace algunos días en los alrededores de Londres –había recordado que un amigo, antes de viajar, me lo había recomendado-.
Empecé mi pequeñísima aventura sintiendo el viento chocar con mi rostro, sintiendo mi cabello irse para atrás, sintiendo mi cuerpo agitarse y latir a 1000 por segundo. No había sentido eso hace mucho tiempo; era una manera de relajarse de todo el estrés que tenía desde que empecé a trabajar como bibliotecario. El trabajo me había consumido y no me dejaba tranquilo, a pesar de que los libros eran como personas para mi, pues como personas que eran hacían daño.
Cuando estaba a punto de llegar al restaurant me distraje con un anciano que gritaba con la mirada hacia arriba: “¿Por qué me castigas?, Dios. ¿Es en vano creer en ti?” Me llamó la atención porque nunca antes había visto a una persona exclamarse de esa manera en las calles. Entonces frené y me bajé de la bicicleta y me dirigí a donde estaba el anciano. Le dije: “Todo estará bien, no te preocupes”. Le invité a comer conmigo, él aceptó, se levantó y también se enrumbó a mi destino.
