Desde el primer minuto en el que Francesc perdió a su abuelo no dejaba de llorar. Cada acción que hacía le hacía recordar aquella vez que sucedió lo peor.
-Este momento será inolvidable -le comentó a Francesc, su primo que vivía en Ica, esa noche del velatorio-, lo peor que he pasado en mi puta vida, huevón.
Simón le invitó un cigarro. Tanto Francesc como Simón se habían criado juntos. Habían sido compañeros de travesuras. Los dos habían sido castigados por los abuelos cuando eran atrapados haciendo algo infraganti. Ponían de patas arriba la casa. Dos meses de diferencia eran poco pero a la vez muy lejano, pues sus perspectivas hacia la vida eran muy distintas.
-Pero cuéntame, pues. Solo dices eso y nada más –le decía Simón, mientras fumaba-. Desahuévate y comienza a hablar, que a mi no me gusta que me palabreen.
-Está bien, pero primero iré a por un café.
-Bueno. Yo te acompaño.
Se fueron a la cocina. Le pidió un café a su tía. Esta le sirvió y comenzó. “Como verás, creo que tanto mis dos tíos, mi madre y yo somos los más afectados. Le vimos irse. Se nos fue en el camino. Recuerdo que desde el sábado estuve raro. Salimos mamá, papá y yo a cenar por el cumple del viejo. Al llegar a la casa, mi madre se encontró con la tía Dora y esta le comentó de que el abuelo estaba mal de la garganta. Quedaron en darle un antibiótico y esperar a que haga efecto. Al entrar a mi habitación sentí que alguien me observaba. El ambiente no era el mismo de siempre. Me eché a descansar y soñé con él. ¡Le soñé, huevón!”.
-¿Qué soñaste? –le preguntó Simón apagando el cigarro-.
-Bueno, fue muy extraño. Él tenía frío y yo iba a abrigarlo con una toalla blanca. Alucina que nunca llegaba para darle calor. Nunca llegué al igual que cuando se fue.
Un tío, que recién había llegado al velatorio, los interrumpió para saludarlos. “¡Sobrinos, qué grandes están! Ya todos unos jóvenes”, les dijo. “¡Oh! Gracias por el elogio”, respondió Francesc. “¿Nos vamos al patio?”, le susurró a Simón.
-El domingo por la mañana me fui al supermercado a hacer las compras para la casa. Pasé a ver los abuelos. Cada uno de los dos estaban en su cama. La tía Dora estaba ahí, dándole el antibiótico al abuelo. Él no respondía. Parecía un cuerpo en estado vegetal. Les di un beso en la frente a los tres y me fui. En el super fue lo mismo. Estaba muy raro. Compré lo que faltaba en la casa y fui al trabajo de mamá. En el camino se me apagó el coche. Menté la madre. Al ver que arrancó, seguí mi rumbo. Mientras manejaba, el celular comenzó a sonar. No había forma que contestase, pues no suelo hacerlo. Al llegar donde mamá, en la puerta su amiga me esperaba. “Anda urgente a la casa que tu abuelo se ha puesto muy mal y te necesitan”, me dijo. Llegué en menos de cinco minutos. Abrí las puertas del coche. Mi tío entró primero con el abuelo en sus brazos. Atrás de ellos estaban mi mamá y la tía Dora. Creo que en ese momento es donde el tiempo se hizo lento. “Vamos a la posta a que le nebulicen”, me gritaron. La posta estaba a unos diez minutos. Aceleré. No me importaba pasarme la luz roja, pero el temor me ganó en una y la tuve que respetar. “Va a estar bien, no se preocupen. No lloren”, les decía, pero era inútil. Él ya estaba yéndose. Llegamos a la posta y de frente a emergencias. “¡Socorro! Necesitamos que le nebulicen”, les grité. “No tenemos nebulizador”, nos dijeron. “¡La putamadre! ¿Me estás jodiendo? ¿Otro lugar?”, les pregunté desesperado. “Sí, pero a las afueras del distrito". “Vamos entonces. Gracias, pero este lugar es una mierda. ¿Cómo que no está equipada?” “Espere, creo que el señor ya no tiene vida.” “¿Qué mierda está hablando?” “Sí, señor. Échelo acá.” Y sí. Tenía razón. Él ya no estaba con nosotros. En la camilla solo estaba su cuerpo. Tenía los ojos abierto. Globos secos. Tratamos de reanimarlo con respiración boca a boca y nada. Le hablamos y nada. Mamá y tía Dora comenzaron a llorar más. No sabía qué hacer. El doctor de turno me pidió los datos del abuelo. Respondí a todo lo que me solicitaron. “Lo llevaremos a la casa”, les dije. Tal cual llegamos a la posta, regresamos a casa. En el camino no parábamos de llorar. Se había ido.
-¡Mierda! Ahora entiendo, huevón.
-Se fue el abuelo, huevón. No logro aceptarlo. Me dan unas ganas de darme cabezazos contra la pared pero sé que con eso no lo recuperaré. No volverá a la vida. Recuerdo que mientras volvíamos a la casa, en mi mente rondaba, muy aparte de los momentos que pasamos, su llanto. Cuando lloraba al acordarse de sus padres y hermanos. Era un llanto bien triste. Cada minuto veía por el retrovisor y ahí estaba él. Un cuerpo sin vida. Sin alma. Sin movimientos. Con los ojos cerrados y la boca cerrada.
Era lunes y el cadáver de quien les había acompañado por veinte y dos años yacía en la sala de la casa en la que se habían criado. Toda la familia lloraba menos la abuela. Ella no lo sabía. Se encontraba en su habitación y cada vez que preguntaba por él siempre recibía un “le han llevado al doctor para que lo curen, se ha puesto malito. Ya vendrá en estos días” como respuesta. El mal de Alzheimer que le aqueja desde hace un año la mantiene viva.
El doctor, el día que falleció el abuelo, les dijo a los hermanos que lo mejor era que no se enterase, pues podría provocarle depresión o un paro cardiaco. No soportaría y en unos días o meses ella también, posiblemente, partiera. “Si no quieren perderla, no le digan nada”, comentó el galeno.
-Ya no pregunta por él. Creo que ya no lo recuerda, Simón.
-¿Es en serio?
-Sí. Creo que el mal de Alzheimer es, por una parte, algo bueno.
-Nada que ver, pero… vamos, fundamenta.
-Creo que es como una termita que va carcomiendo los recuerdos. Uno se olvida lo que iba a hacer minutos atrás, entonces… es obvio que olvidarás las cosas de antaño. Si no fuera por esto la abuela se acordaría a cada momento y estuviera preguntado a cada rato por él, pidiendo verlo. ¿Te imaginas lo que sería? Tendría locos a todos. No lo puede saber. Cuando parta al reencuentro con él, recién se enterará. Aunque a veces dice que él le habla y le comenta que se encuentra bien en el paraíso. Es doloroso. Lo sé, pero creo que es bueno. El abuelo se perdió en la mente de la abuela. Él la acompaña, la cuida en alma, pero ya no en físico.
-Sí, tienes razón.
-Lo único que te pido, Simón, es hacerla feliz hasta sus últimos días. Sacarla a pasear, por ejemplo. Te llamo luego que estoy yendo en el coche a visitar al abuelo. Ya son seis meses, huevón. La verdad que el tiempo ha pasado tan rápido y lento a la vez. Es tan extraño todo, pero sé que él está a nuestro costado. Alucina que pienso que es mi co-piloto en estos momentos. Ja ja ja. Nos vemos.
