sábado, 12 de octubre de 2013

El abuelo

Desde el primer minuto en el que Francesc perdió a su abuelo no dejaba de llorar. Cada acción que hacía le hacía recordar aquella vez que sucedió lo peor.

-Este momento será inolvidable -le comentó a Francesc, su primo que vivía en Ica, esa noche del velatorio-, lo peor que he pasado en mi puta vida, huevón.

Simón le invitó un cigarro. Tanto Francesc como Simón se habían criado juntos. Habían sido compañeros de travesuras. Los dos habían sido castigados por los abuelos cuando eran atrapados haciendo algo infraganti. Ponían de patas arriba la casa. Dos meses de diferencia eran poco pero a la vez muy lejano, pues sus perspectivas hacia la vida eran muy distintas.

-Pero cuéntame, pues. Solo dices eso y nada más –le decía Simón, mientras fumaba-. Desahuévate y comienza a hablar, que a mi no me gusta que me palabreen.

-Está bien, pero primero iré a por un café.

-Bueno. Yo te acompaño.

Se fueron a la cocina. Le pidió un café a su tía. Esta le sirvió y comenzó. “Como verás, creo que tanto mis dos tíos, mi madre y yo somos los más afectados. Le vimos irse. Se nos fue en el camino. Recuerdo que desde el sábado estuve raro. Salimos mamá, papá y yo a cenar por el cumple del viejo. Al llegar a la casa, mi madre se encontró con la tía Dora y esta le comentó de que el abuelo estaba mal de la garganta. Quedaron en darle un antibiótico y esperar a que haga efecto. Al entrar a mi habitación sentí que alguien me observaba. El ambiente no era el mismo de siempre. Me eché a descansar y soñé con él. ¡Le soñé, huevón!”.

-¿Qué soñaste? –le preguntó Simón apagando el cigarro-.

-Bueno, fue muy extraño. Él tenía frío y yo iba a abrigarlo con una toalla blanca. Alucina que nunca llegaba para darle calor. Nunca llegué al igual que cuando se fue.

Un tío, que recién había llegado al velatorio, los interrumpió para saludarlos. “¡Sobrinos, qué grandes están! Ya todos unos jóvenes”, les dijo. “¡Oh! Gracias por el elogio”, respondió Francesc. “¿Nos vamos al patio?”, le susurró a Simón.

-El domingo por la mañana me fui al supermercado a hacer las compras para la casa. Pasé a ver los abuelos. Cada uno de los dos estaban en su cama. La tía Dora estaba ahí, dándole el antibiótico al abuelo. Él no respondía. Parecía un cuerpo en estado vegetal. Les di un beso en la frente a los tres y me fui. En el super fue lo mismo. Estaba muy raro. Compré lo que faltaba en la casa y fui al trabajo de mamá. En el camino se me apagó el coche. Menté la madre. Al ver que arrancó, seguí mi rumbo. Mientras manejaba, el celular comenzó a sonar. No había forma que contestase, pues no suelo hacerlo. Al llegar donde mamá, en la puerta su amiga me esperaba. “Anda urgente a la casa que tu abuelo se ha puesto muy mal y te necesitan”, me dijo. Llegué en menos de cinco minutos. Abrí las puertas del coche. Mi tío entró primero con el abuelo en sus brazos. Atrás de ellos estaban mi mamá y la tía Dora. Creo que en ese momento es donde el tiempo se hizo lento. “Vamos a la posta a que le nebulicen”, me gritaron. La posta estaba a unos diez minutos. Aceleré. No me importaba pasarme la luz roja, pero el temor me ganó en una y la tuve que respetar. “Va a estar bien, no se preocupen. No lloren”, les decía, pero era inútil. Él ya estaba yéndose. Llegamos a la posta y de frente a emergencias. “¡Socorro! Necesitamos que le nebulicen”, les grité. “No tenemos nebulizador”, nos dijeron. “¡La putamadre! ¿Me estás jodiendo? ¿Otro lugar?”, les pregunté desesperado. “Sí, pero a las afueras del distrito". “Vamos entonces. Gracias, pero este lugar es una mierda. ¿Cómo que no está equipada?” “Espere, creo que el señor ya no tiene vida.” “¿Qué mierda está hablando?” “Sí, señor. Échelo acá.” Y sí. Tenía razón. Él ya no estaba con nosotros. En la camilla solo estaba su cuerpo. Tenía los ojos abierto. Globos secos. Tratamos de reanimarlo con respiración boca a boca y nada. Le hablamos y nada. Mamá y tía Dora comenzaron a llorar más. No sabía qué hacer. El doctor de turno me pidió los datos del abuelo. Respondí a todo lo que me solicitaron. “Lo llevaremos a la casa”, les dije. Tal cual llegamos a la posta, regresamos a casa. En el camino no parábamos de llorar. Se había ido.

-¡Mierda! Ahora entiendo, huevón.

-Se fue el abuelo, huevón. No logro aceptarlo. Me dan unas ganas de darme cabezazos contra la pared pero sé que con eso no lo recuperaré. No volverá a la vida. Recuerdo que mientras volvíamos a la casa, en mi mente rondaba, muy aparte de los momentos que pasamos, su llanto. Cuando lloraba al acordarse de sus padres y hermanos. Era un llanto bien triste. Cada minuto veía por el retrovisor y ahí estaba él. Un cuerpo sin vida. Sin alma. Sin movimientos. Con los ojos cerrados y la boca cerrada.

 

Era lunes y el cadáver de quien les había acompañado por veinte y dos años yacía en la sala de la casa en la que se habían criado. Toda la familia lloraba menos la abuela. Ella no lo sabía. Se encontraba en su habitación y cada vez que preguntaba por él siempre recibía un “le han llevado al doctor para que lo curen, se ha puesto malito. Ya vendrá en estos días” como respuesta. El mal de Alzheimer que le aqueja desde hace un año la mantiene viva.

El doctor, el día que falleció el abuelo, les dijo a los hermanos que lo mejor era que no se enterase, pues podría provocarle depresión o un paro cardiaco. No soportaría y en unos días o meses ella también, posiblemente, partiera. “Si no quieren perderla, no le digan nada”, comentó el galeno.

 

-Ya no pregunta por él. Creo que ya no lo recuerda, Simón.

-¿Es en serio?

-Sí. Creo que el mal de Alzheimer es, por una parte, algo bueno.

-Nada que ver, pero… vamos, fundamenta.

-Creo que es como una termita que va carcomiendo los recuerdos. Uno se olvida lo que iba a hacer minutos atrás, entonces… es obvio que olvidarás las cosas de antaño. Si no fuera por esto la abuela se acordaría a cada momento y estuviera preguntado a cada rato por él, pidiendo verlo. ¿Te imaginas lo que sería? Tendría locos a todos. No lo puede saber. Cuando parta al reencuentro con él, recién se enterará. Aunque a veces dice que él le habla y le comenta que se encuentra bien en el paraíso. Es doloroso. Lo sé, pero creo que es bueno. El abuelo se perdió en la mente de la abuela. Él la acompaña, la cuida en alma, pero ya no en físico.

-Sí, tienes razón.

-Lo único que te pido, Simón, es hacerla feliz hasta sus últimos días. Sacarla a pasear, por ejemplo. Te llamo luego que estoy yendo en el coche a visitar al abuelo. Ya son seis meses, huevón. La verdad que el tiempo ha pasado tan rápido y lento a la vez. Es tan extraño todo, pero sé que él está a nuestro costado. Alucina que pienso que es mi co-piloto en estos momentos. Ja ja ja. Nos vemos.

martes, 8 de octubre de 2013

Consumación

-¿Dónde andas? –le preguntó- ¿Por qué no contestas al móvil?

-¡Qué te importa! No jodas.

Colgó y siguió manejando rumbo a Totoritas, la playa en la que la conoció.

Un policía lo paró a mitad de camino. Esta vez no le pidió su brevete ni tarjeta de propiedad, sino diez soles para la gaseosa y el helado. “Aquí tiene, maestrazo”, le dijo, dándole tres monedas de cinco soles. “Gracias, sobrino”, atinó a decirle el policía, mientras guardaba en uno de sus bolsillos el dinero.

La carretera estaba vacía. Muy raro para un jueves de enero. Gorra negra, lentes obscuros, que ocultaban sus ojos marrones pardos. Barba de tres días, labios algo lastimados por el sol y tez bronceada. Ese era su rostro de presentación en el verano de 2013. Su extraño verano.

-¡Mierda! El motor se recalentó. A esperar, nomas. La putamadre.

El carro, el que dos años atrás su papá le regaló, comenzaba a dar signos de que necesitaba urgentemente mantenimiento. “Tanto tú como yo necesitamos una reparación”, le dijo al carro, mientras se fijaba la hora.

Eran las once de la mañana y seguía sorprendido por lo vacía que estaba la carretera. No podía hacer nada. Todo estaba desolado. Lo único que se le ocurrió fue sacar un porro de marihuana que tenía escondido debajo de su asiento, darle forma de cigarrillo y fumarlo. La cuestión no tardó mucho. A lo mucho cuatro minutos. Sacó el encendedor de su bermuda y lo prendió. Peligrosa no habría querido estar en ese momento. No le gustaba que fumara cigarrillos ni mucho menos hierba. Siempre le pareció horrible.

Al cabo de diez minutos volvió al volante. Con una mano conducía y con la otra fumaba. Su destino estaba a tres horas. Se encontraba solo al igual que su coche en la carretera. “¿Se acabó el verano?”, se preguntó.

Cientoveinte kilómetros por hora. Su coche volaba al igual que él hasta que, de repente, una piedra hizo que el coche pierda el equilibrio y de vueltas de campana. “¡La putamadre, la que me faltaba!", gritó y soltando carcajadas.

-¿Estás bien? ¿No te sucedió nada malo? -le preguntó una muchacha.

-Ni mierda, felizmente. Aunque espero que el coche esté igual que yo –respondió-. ¿Cuál es tu nombre?

La muchacha sonrió y no dijo nada más. Se veía dulce, adorable. Tenía un linda sonrisa, piel bronceada, bonita figura y cabello largo negro. ¿De dónde había salido?

-¿A dónde te diriges?

-Bueno, estoy camino a Totoritas. ¿Quieres acompañarme?

-Dale. Vamos.

-Espera. Tengo que ver si el carro arranca.

La muchacha que recién había conocido se subió al coche y se colocó unos lentes de sol. “¿Y qué vas a hacer en Totoritas?”, le preguntó. “Unos asuntos pendientes”, contestó, soltando una risa y quedándose maravillado por los labios carnosos de la muchacha que acababa de conocer, pero que ni sabía el nombre. “Ufff. No le pasó nada. Pues, vamos”. Arrancó y se fueron.

-PE-LI-GRO-SA –susurró ella-. ¿Tú eres Peligrosa?

-No para nada. Es… bueno, olvídalo –respondió, sonriendo-.

El trayecto fue hablar de las playas que bordeaban la costa y sobre el policía que le había parado para pedirle diez soles para su comida. Ella era muy misteriosa, pero daba la sensación, por momentos, que no.

Cuando llegaron a Totoritas, ambos se sentaron en la arena.

-¿Alguna vez has tenido las ganas de matarte?

-No, para nada. El suicidio no es la respuesta para todos los problemas. Más bien, es un acto de cobardía –respondió la muchacha, mirando hacia el horizonte-.

-Puede ser que sí como también que no. Si uno tiene problemas muy fuertes, ¿qué me recomiendas?

-Ummmm. ¿Arreglarlos, no? ¿Como qué problemas tienes? Cuéntame.

-Son tontos. No valen la pena ni mucho menos la muerte.

-Por ahí leí que la tristeza tiene su momento, pero después es un desperdicio. Esa frase a mi me ayudó demasiado.

-¿Un cigarro?

-No, gracias. Ya no fumo hace tiempo.

-Una cerveza entonces.

-Menos. Ya pasó mi época.

-Bueno, me meteré a la playa.

-¡Vamos!

Los dos se metieron y comenzaron a jugar hasta que él tropezó y desapareció. Ella gritó. Lo buscó por toda el área y nada de nada. Se dirigió al coche en busca del celular y pedir ayuda. Lo único que encontró fue una nota, la cual decía: “Si me toca ir arriba antes que tú, porque existe la vida eterna. Por fin se acabó, soy libre. Si estáis leyendo esta nota después del accidente, ¿sabes?, en las pocas horas que nos conocemos, me caíste muy bien, pero mi destino era desaparecer y vernos lo mínimo. Si en caso te preguntan por mi, diles que estaré bien. Adéu”.