Era el día perfecto, la hora perfecta, el minuto perfecto cuando de pronto, todo se desvaneció. Las flores a colores, el jardín verdoso, los árboles gigantes y llenos de fruto, los animales, el cielo celeste, el sol resplandeciente que decoraban mi mejor día acabaron por desmantelarse y volverme a la realidad, una realidad oscura que solo mi locura había creado, pues, me encontraba entre las cuatro paredes de mi habitación. Aquella habitación fría, solitaria, ordenada donde había pasado tres semanas sin salir, sin ver a las personas, sin ver a mi padre ni a mi madre.
Era primero de julio y Leonardo acababa de mudarse a la ciudad de Moscú, una ciudad muy fría a pesar de que era verano. Él era de Madrid, una tierra muy distinta a la que había llegado. El idioma, la gente, la comida, el lugar, la casa eran diferentes a su querida España. Puesto que haber aprendido el ruso a través de su padre no le costaba comunicarse con las demás personas pero como era muy tímido, no lo hacía. Las personas de Moscú, super frías con el trato al otro no hacían más que mostrarle que no encontraría tantos amigos con el compartir su estadía en la ciudad natal de Rubén Gallego.
Leonardo solo atinaba a quedarse en casa ya sea viendo Tv, escuchando música o, simplemente, durmiendo. Sus padres, Blanca y François, empezaban a preocuparse por su hijo. A veces, ellos, llamaban al psicólogo para ver que podían hacer por su primogénito, pero éste solo atinaba a aconsejarles que le den tiempo para que el chico se acomodara a la sociedad moscovita. Blanca se encontraba en cinta, tenía seis meses e iba a ser niña, pero su preocupación era Leonardo, que desde la vez que se enteró que iba a tener una hermana, tanta fue la felicidad que su cuerpo no le permitía hablar; ella se mantenía en casa con el chico mientras que François trabajaba como Ministro de Relaciones Exteriores, aunque él hubiera anhelado solo ser un simple profesor de universidad. Tenía 50 años que no se reflejaba en su rostro y mucho menos en las actividades que realizaba los fines de semana. Era una persona demasiado atleta que podría participar sin ningún problema en las Olimpiadas de Verano, representando a Rusia en la selección de Básquet o Tenis.
Aunque el nombre del padre de Leonardo, François, sea francés era de una gran ascendencia rusa, a pesar de que a su padre, Zhanna Kozlov le haya puesto ese nombre en alusión al escritor francés: François Mauriac, a François nunca le agradó aprender francés ni saber nada de ellos. Realmente, no le interesaba desde que escuchó, en la escuela, de la invasión de Napoleón a Rusia, aunque los rusos le hayan ganado. Simplemente, los detestaba.
