Noche de verano. Vamos sujetos de la mano por el muelle, cuando de repente te sueltas y corres hacia el mar. En cada paso aceleras el paso. Siento que huyes de mi. ¿Es un presagio? No lo sé. Aunque nada es para siempre. Tal vez te aburras de mi o viceversa, pero, por mi parte, ni te lo imagines…
Llegas a la orilla y comienzas a saltar. “¿Qué diablos te ocurre? ¿Te chocó el porro de marihuana que fumamos hace media hora?”, grito. Al parecer te haces la sorda. Miro una piedra que tiene forma de silla y me siento.
Tus risos giran al mismo sentido de tus vueltas. Abres los brazos. Sueltas carcajadas. Todo es felicidad. Me sigo preguntado si es producto de la marihuana. Puede ser que sí como también todo lo contrario. Te caes. Ríes. Y te vuelves a levantar, con la diferencia que esta vez estás embarrada de arena. Me llamas. “¡No quiero! ¡Continúa!”, te respondo.
Al no hacerte caso, comienzas a desvestirte. Te sacas la blusa blanca, esa con la que te conocí hace dos veranos atrás. Luego la falda roja, que no sé de dónde la sacaste pero que te queda estupendo. Sigues riéndote. Me vuelves a llamar. Me hago el loco y no respondo.
No te das por vencida y te acercas. Me jalas del brazo y yo cedo. “Está bien. Está bien. Vamos”, respondo, asintiendo la cabeza y sonriendo. Corremos. Saltamos. Nos cogemos de la mano hasta que llegamos al mar. Nuestras miradas se cruzan. Son cómplices. Soltamos risas. La felicidad están muy dibujadas en nuestros rostros. ¡Carajo, qué buen momento!
Nuestros cuerpos se acercan. Ya no se repelen como al inicio. Las risas se borran de nuestros rostros. Nos acercamos más y más. Cierras los ojos y yo también. Taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan. Suena el despertador. Es tarde. Todo fue un sueño. Miro el portarretrato y estás tú. Tan sonriente. Comienzo a reírme y recuerdo que hace cinco años que ya no estás más acá. Hola, realidad.
