El sol apuntaba los rostros de los Cady. Frank dormía con su pijama celeste a rayas, el cual a lo lejos y obscuras simulaba ser un preso con sombrero y Sara, su esposa, vestía un traje similar, con la única diferencia que era color verde. Era el verano de 1949 y la pareja, como siempre acostumbraba, se despertaba en su terraza, junto a su perro.
No solían utilizar su casa, ubicada en el Greenwich Village, en New York, pues eran los más calurosos de todo el conjunto habitacional. Este lugar era totalmente diferente. Tenía todo lo que se podía esperar, por ejemplo, un fotógrafo de excelencia, quien tenía la pierna izquierda enyesada tras un accidente; una señora chismosa, escultora de profesión; una chica de hermoso cuerpo, conocida también como la señora Torso; una pareja de recién casados, jóvenes, que no paraban de tener sexo desde que se mudaron al condominio; un pianista, que intentaba componer un tema para escapar de su mediocridad; y un matrimonio de chiflados, compuesto por un viajante y una enfermera.
Frank, de tez blanca y cabello negro, fue el primero en despertar tras una noche marcada por el trabajo nocturno –se dedicaba a escribir para un periódico-, para luego recoger el diario que venía junto a la leche todos los días a las 7am. Segundos más tarde, le seguía Sara, una rubia de nacimiento, quien se ganaba la vida modelando los últimos trajes que creaba la señora Clutter. Ambos dormían con Aristos, su perro de tres años –edad que llevaban casados-, quien a veces los despertaba a lengüetazos. Asimismo, tanto Frank como Sara no imaginarían que su lindo pastor alemán moriría asesinado por venganza. Hacer el amor una noche en la terraza, condenaría el destino de su mascota. Pero eso no corrompería la relación ni su rutina, pues un amigo cercano les regalaría un nuevo perro y todo volvería a lo de siempre: dormir en la terraza todos los veranos.
