No era una buena señal, porque luego de cinco minutos tenía un arma apuntada a la sien. “Si no puedo conciliar el sueño… lo haré eterno”, me dije a mí mismo. La desesperación se apoderaba cada vez más de mi cuerpo y de mi mente y no la podía controlar… y simplemente quería calmar estas intenciones de desaparecer de estas tierras y de las que venía. Hasta que algo cayó y me sacó de esta crisis. Era que un gato que había hecho caer el masetero que estaba al costado de la puerta del baño, y este hizo la suficiente bulla para poder volver en sí.
Me acordé que tenía una pastilla con la cual podría doparme y por fin dormir. Fui en busca de ella y minutos más tarde la encontré en uno de los veladores que se encontraban en las partes laterales de la cama. Había encontrado un blíster de esta pastilla y es así que las saqué de su escondite, las besé –como quien diciendo: justo a tiempo, me salvarán- y con un poco de agua me pasé una pastilla entera y me eché a la cama para poder esperar que haga efecto.
Dormí cerca de 10 horas y a la hora de despertar ya eran las 19 de la tarde. Ni bien abrí los ojos lo único que hice fue ir corriendo hacia el baño y vomitar… No sé que tenía pero no era algo bueno que digamos. Busqué en el botiquín un poco de alcohol y algodón para sentirme mejor, encontré el alcohol pero no el algodón. Entonces cogí una media blanca que estaba salida de la maleta. Roseé un poco de alcohol y de inmediato me puse a oler. Luego de haber tranquilizado a mi estómago, me fui al balcón a ver la calle y en ese instante en que me asomaba al balcón, vi pasar al joven de nuevo… No lo pensé dos veces y bajé apresuradamente, aunque yo estaba semidesnudo, abrí la puerta y salí de la casa… Cruce la pista y salté contra él y le dije: “Hace tiempo que no te veía, ¿podemos hablar?” Me miró extraño –de pies a cabeza-, soltó la piedra y me metió un derechazo. Caí derrotado a la acera y él se fue corriendo.
La gente pasaba por la calle mirándome, algunos solo atinaban a murmurar: “¿Está loco?”, “Seguro está ebrio.”, “Pobre muchacho.”; hasta que una chica de ojos café, mirada penetrante, y labios carnosos se agachó y como buena samaritana me preguntó: ¿Dónde vives? Le contesté que vivía en la casa de al frente, la única en toda la avenida que tenía 5 ventanas en el segundo piso, que tenía una vista maravillosa a la calle y que tenía una bella sonrisa. Empezó a reír y me ayudó a levantarme, me llevó a mi alcoba, me acostó y me preguntó si deseaba un café. Le dije que no se preocupe, que no era nada del otro mundo y que ya me sentía mejor. Me preguntó por mi nombre y le dije que me había prometido no pronunciar mi nombre hasta que sea el momento oportuno –el cual no sabía cuando llegaría-, y que cuál era su nombre. “Flora”, me contestó con una sonrisa donde podía ver sus blancos dientes. “Mucho gusto, Flora. Yo soy el hombre que acabas de encontrar hace unos momentos tirado en la calle”, contesté y empezamos a reír. “¿Fumas?, le dije. “Algunas veces”, me respondió. Abrí una cajetilla de las tantas que tenía y le alcancé un cigarro, me lo recibió, sacó su encendedor y lo encendió.
Estuvimos conversando de mi, acerca de dónde venía, qué tal me había ido en este corto tiempo que estaba aquí pero en ningún momento le dije el por qué había huido de mi ciudad de procedencia. No le di pista alguna de que realmente, tenía un amor platónico en mi ciudad, que cada día era un martirio el pensar en ella, que mi mundo giraba alrededor de ella. No creo que ella haya sospechado que algo yo escondía, porque siempre me mostraba una sonrisa. “Tal vez sea una hipócrita”, me dije.
“Se me ha hecho tarde. Debo de ir a comprar algunas cosas.”, me comentó –con angustia-. “No te preocupes. Muchas gracias por ayudarme y por la charla que he tenido contigo.”, le respondí. La acompañé hasta la puerta, se fue y justo al momento en que iba a cerrar me dijo: “cenamos hoy a las 6. Volveré.”
