jueves, 14 de abril de 2011

Dardo (Parte 5)

No era una buena señal, porque luego de cinco minutos tenía un arma apuntada a la sien. “Si no puedo conciliar el sueño… lo haré eterno”, me dije a mí mismo. La desesperación se apoderaba cada vez más de mi cuerpo y de mi mente y no la podía controlar… y simplemente quería calmar estas intenciones de desaparecer de estas tierras y de las que venía. Hasta que algo cayó y me sacó de esta crisis. Era que un gato que había hecho caer el masetero que estaba al costado de la puerta del baño, y este hizo la suficiente bulla para poder volver en sí.

Me acordé que tenía una pastilla con la cual podría doparme y por fin dormir. Fui en busca de ella y minutos más tarde la encontré en uno de los veladores que se encontraban en las partes laterales de la cama. Había encontrado un blíster de esta pastilla  y es así que las saqué de su escondite, las besé –como quien diciendo: justo a tiempo, me salvarán- y con un poco de agua me pasé una pastilla entera y me eché a la cama para poder esperar que haga efecto.

Dormí cerca de 10 horas y a la hora de despertar ya eran las 19 de la tarde. Ni bien abrí los ojos lo único que hice fue ir corriendo hacia el baño y vomitar… No sé que tenía pero no era algo bueno que digamos. Busqué en el botiquín un poco de alcohol y algodón para sentirme mejor, encontré el alcohol pero no el algodón. Entonces cogí una media blanca que estaba salida de la maleta. Roseé un poco de alcohol y de inmediato me puse a oler. Luego de haber tranquilizado a mi estómago, me fui al balcón a ver la calle y en ese instante en que me asomaba al balcón, vi pasar al joven de nuevo… No lo pensé dos veces y bajé apresuradamente, aunque yo estaba semidesnudo, abrí la puerta y salí de la casa… Cruce la pista y salté contra él y le dije: “Hace tiempo que no te veía, ¿podemos hablar?” Me miró extraño –de pies a cabeza-, soltó la piedra y me metió un derechazo. Caí derrotado a la acera y él se fue corriendo.

La gente pasaba por la calle mirándome, algunos solo atinaban a murmurar: “¿Está loco?”, “Seguro está ebrio.”, “Pobre muchacho.”; hasta que una chica de ojos café, mirada penetrante, y labios carnosos se agachó y como buena samaritana me preguntó: ¿Dónde vives? Le contesté que vivía en la casa de al frente, la única en toda la avenida que tenía 5 ventanas en el segundo piso, que tenía una vista maravillosa a la calle y que tenía una bella sonrisa. Empezó a reír y me ayudó a levantarme, me llevó a mi alcoba, me acostó y me preguntó si deseaba un café. Le dije que no se preocupe, que no era nada del otro mundo y que ya me sentía mejor. Me preguntó por mi nombre y le dije que me había prometido no pronunciar mi nombre hasta que sea el momento oportuno –el cual no sabía cuando llegaría-, y que cuál era su nombre. “Flora”, me contestó con una sonrisa donde podía ver sus blancos dientes. “Mucho gusto, Flora. Yo soy el hombre que acabas de encontrar hace unos momentos tirado en la calle”, contesté y empezamos a reír. “¿Fumas?, le dije. “Algunas veces”, me respondió. Abrí una cajetilla de las tantas que tenía y le alcancé un cigarro, me lo recibió, sacó su encendedor y lo encendió.

Estuvimos conversando de mi, acerca de dónde venía, qué tal me había ido en este corto tiempo que estaba aquí pero en ningún momento le dije el por qué había huido de mi ciudad de procedencia. No le di pista alguna de que realmente, tenía un amor platónico en mi ciudad, que cada día era un martirio el pensar en ella, que mi mundo giraba alrededor de ella. No creo que ella haya sospechado que algo yo escondía, porque siempre me mostraba una sonrisa. “Tal vez sea una hipócrita”, me dije.

“Se me ha hecho tarde. Debo de ir a comprar algunas cosas.”, me comentó –con angustia-. “No te preocupes. Muchas gracias por ayudarme y por la charla que he tenido contigo.”, le respondí. La acompañé hasta la puerta, se fue y justo al momento en que iba a cerrar me dijo: “cenamos hoy a las 6. Volveré.”

jueves, 7 de abril de 2011

Dardo (Parte 4)

Llegada la noche abrí los ojos y observe a mi alrededor. Tenía el tronco desnudo y una sábana que cubría mis pies y el retrato de mi amada pegada al pecho. Salí al balcón y me encontré con la sorpresa de que estaba lloviendo… Londres estaba siendo azotado por un aguacero. La gente caminaba aceleradamente en busca de un refugio, o llegar lo más pronto posible a sus casas, y en cuanto a mí, estaba quieto en mi balcón, siendo una especie de espectador ante un fenómeno que en esta estación no era normal. Asimismo, traté de ver el rostro de las personas para ver si daba con el rostro del chico que días atrás había pasado al frente de mi lecho con una piedra en la mano. Fue en vano, no logré encontrarlo.

Regresé a mi cama, me recosté, y me puse boca arriba. Entonces mi cuerpo empezó a agitarse, mi corazón a acelerar sus latidos y mis manos a coger el recuadro fuertemente. Cada minuto que pasaba era, para mí, una agonía, una llaga más a mi corazón que poco a poco se destruía… Pensé en tomar alucinógenos para calmarme pero era demasiado tarde, estaba perdido en mi soledad y en la tristeza de no estar junto a ella. Mi desahogo eran las lágrimas, los golpes en la cabeza, cuando derrepente me acordé que tenía marihuana y éxtasis en una de mis maletas. Salté de mi cama y me dirigí al closet, abrí la puerta, arrimé la ropa usada y encontré la primera maleta que sobresalía entre las demás, jalé el cierre, saqué los botines que se encontraban dentro de ella y en un costadito estaba mi dulce medicamento antidepresivo.

Fui al baño, llené el vaso con agua y me tomé dos pastillas de éxtasis. Asimismo, busqué un periódico pasado para armar una de mis drogas preferidas cuando estaba en la escuela. Comencé a desordenar más mi alcoba en busca de un bendito periódico pasado para poder aspirar el humo de la planta verde que personas a mi edad tenían miedo de probar, hasta que lo encontré, era un diario donde tenía como primera plana a los Rolling Stones. Corté por pedazos el diario y comencé a repartir la planta en porciones pequeñas, para luego envolverlas y fumarlas y así poder calmar con este gran dolor que tenía en el corazón.

Luego de diez minutos, el éxtasis comenzó a hacer efecto. Mi mente se dirigía a una que otra dimensión. Las cosas me parecían grandes y todo giraba a mi alrededor. Aumentaba la temperatura y no aguantaba ya seguir vistiendo pantalones. Con mi cuerpo descubierto, me fui a una esquina de mi habitación, me coloqué en posición fetal y crucé mis brazos fuertemente, como si abrazará a alguien querido después de años. La sensación de ver gente en mi habitación me hacía pensar que dos pastillas de éxtasis habían sido exceso, que mejor hubiera fumado marihuana. A lo mucho me podía parar y con la poca energía que tenía pude ir a mi cama para traer conmigo el retrato de ella.

A la mañana siguiente desperté cerca de las 11am, el día estaba soleado y el murmuro de la gente se escuchaba hasta el rincón donde me había quedado. Me levanté, tomé la sábana, la amarré a mi cintura, cogí un cigarro –no me había dado cuenta de que la marihuana estaba en el suelo-, lo encendí y me puse a observar la calle desde mi balcón como un rey que mira a su pueblo, así me sentí…

Despeinado y con la barba crecida, tomé un baño. Al entrar a la ducha sentí la sensación de que me iba a desplomar en cualquier momento, así que decidí ir a mi cama a descansar un momento. Tirado en la cama, cerca de 10 minutos, no podía conciliar el sueño y cada movimiento que realizaba me costaba hacerlo. Mi cuerpo aún estaba pesado y eso no era una buena señal para empezar el día.