Mientras camino hacia el lugar donde debo de recoger mi credencial –seré miembro de mesa en las próximas elecciones- se me pasa por la cabeza muchas cosas. El amor, la angustia, el dolor, la felicidad, entre otras cosas más; pero nada es más fascinante que pensar en ti. Tan solo recordar tu rostro me hace sentir que el recorrido lo estoy haciendo al cielo y no a un centro de la ONPE.
Hace demasiado calor para abrigarse pero tengo frio. Supongo que la temperatura está entre 19 y 22 grados, pero aun así, para mí, hace frio. Necesito un abrigo o algo con que protegerme, pero no, no hay nada. Nada que pueda hacerme volver a la realidad. Mi mente se nubla, mi rostro se vuelve más pálido de lo que está y los movimientos de mi cuerpo son desastrosos y duros, hasta el momento en que ya no puedo caminar y decido caer en medio del camino. Es entonces el comienzo de una larga y dura pelea para llegar a terminar la carrera.
Mi ritmo cardiaco ha disminuido, simplemente, me estoy muriendo. Me encontraré por fin con la muerte, pienso yo. Pero justo en el momento en que mi alma sale de mi cuerpo aparece alguien de la cual me estoy empezando a enamorar y vuelvo a la normalidad. Despierto, logro levantarme de nuevo y llego a la sede de la ONPE a recoger mi credencial.
Luego de diez minutos salgo de ese lugar, camino una cuadra, doblo a la derecha y empiezo a cruzar la pista, entonces escucho una voz que me dice “¡ven!”, volteo y ya es tarde, un carro choca contra mi cuerpo y salgo disparado cinco metros. Ambulancias, paramédicos y chismosos se acercan a ver este cadáver. “Ya no tiene vida”, dice uno de los paramédicos. “Con el electroshock podemos hacerlo resucitar”, dice otro. “No vale la pena, denlo por fallecido”, dice el conductor del carro. “Hijos de puta, revívanme”, digo yo. Mi alma está fuera de mi cuerpo. Ya he muerto, no hay nada que hacer, a pesar de haber querido seguir vivo para demostrarle lo mucho que deseo estar con ella.
