sábado, 12 de octubre de 2013

El abuelo

Desde el primer minuto en el que Francesc perdió a su abuelo no dejaba de llorar. Cada acción que hacía le hacía recordar aquella vez que sucedió lo peor.

-Este momento será inolvidable -le comentó a Francesc, su primo que vivía en Ica, esa noche del velatorio-, lo peor que he pasado en mi puta vida, huevón.

Simón le invitó un cigarro. Tanto Francesc como Simón se habían criado juntos. Habían sido compañeros de travesuras. Los dos habían sido castigados por los abuelos cuando eran atrapados haciendo algo infraganti. Ponían de patas arriba la casa. Dos meses de diferencia eran poco pero a la vez muy lejano, pues sus perspectivas hacia la vida eran muy distintas.

-Pero cuéntame, pues. Solo dices eso y nada más –le decía Simón, mientras fumaba-. Desahuévate y comienza a hablar, que a mi no me gusta que me palabreen.

-Está bien, pero primero iré a por un café.

-Bueno. Yo te acompaño.

Se fueron a la cocina. Le pidió un café a su tía. Esta le sirvió y comenzó. “Como verás, creo que tanto mis dos tíos, mi madre y yo somos los más afectados. Le vimos irse. Se nos fue en el camino. Recuerdo que desde el sábado estuve raro. Salimos mamá, papá y yo a cenar por el cumple del viejo. Al llegar a la casa, mi madre se encontró con la tía Dora y esta le comentó de que el abuelo estaba mal de la garganta. Quedaron en darle un antibiótico y esperar a que haga efecto. Al entrar a mi habitación sentí que alguien me observaba. El ambiente no era el mismo de siempre. Me eché a descansar y soñé con él. ¡Le soñé, huevón!”.

-¿Qué soñaste? –le preguntó Simón apagando el cigarro-.

-Bueno, fue muy extraño. Él tenía frío y yo iba a abrigarlo con una toalla blanca. Alucina que nunca llegaba para darle calor. Nunca llegué al igual que cuando se fue.

Un tío, que recién había llegado al velatorio, los interrumpió para saludarlos. “¡Sobrinos, qué grandes están! Ya todos unos jóvenes”, les dijo. “¡Oh! Gracias por el elogio”, respondió Francesc. “¿Nos vamos al patio?”, le susurró a Simón.

-El domingo por la mañana me fui al supermercado a hacer las compras para la casa. Pasé a ver los abuelos. Cada uno de los dos estaban en su cama. La tía Dora estaba ahí, dándole el antibiótico al abuelo. Él no respondía. Parecía un cuerpo en estado vegetal. Les di un beso en la frente a los tres y me fui. En el super fue lo mismo. Estaba muy raro. Compré lo que faltaba en la casa y fui al trabajo de mamá. En el camino se me apagó el coche. Menté la madre. Al ver que arrancó, seguí mi rumbo. Mientras manejaba, el celular comenzó a sonar. No había forma que contestase, pues no suelo hacerlo. Al llegar donde mamá, en la puerta su amiga me esperaba. “Anda urgente a la casa que tu abuelo se ha puesto muy mal y te necesitan”, me dijo. Llegué en menos de cinco minutos. Abrí las puertas del coche. Mi tío entró primero con el abuelo en sus brazos. Atrás de ellos estaban mi mamá y la tía Dora. Creo que en ese momento es donde el tiempo se hizo lento. “Vamos a la posta a que le nebulicen”, me gritaron. La posta estaba a unos diez minutos. Aceleré. No me importaba pasarme la luz roja, pero el temor me ganó en una y la tuve que respetar. “Va a estar bien, no se preocupen. No lloren”, les decía, pero era inútil. Él ya estaba yéndose. Llegamos a la posta y de frente a emergencias. “¡Socorro! Necesitamos que le nebulicen”, les grité. “No tenemos nebulizador”, nos dijeron. “¡La putamadre! ¿Me estás jodiendo? ¿Otro lugar?”, les pregunté desesperado. “Sí, pero a las afueras del distrito". “Vamos entonces. Gracias, pero este lugar es una mierda. ¿Cómo que no está equipada?” “Espere, creo que el señor ya no tiene vida.” “¿Qué mierda está hablando?” “Sí, señor. Échelo acá.” Y sí. Tenía razón. Él ya no estaba con nosotros. En la camilla solo estaba su cuerpo. Tenía los ojos abierto. Globos secos. Tratamos de reanimarlo con respiración boca a boca y nada. Le hablamos y nada. Mamá y tía Dora comenzaron a llorar más. No sabía qué hacer. El doctor de turno me pidió los datos del abuelo. Respondí a todo lo que me solicitaron. “Lo llevaremos a la casa”, les dije. Tal cual llegamos a la posta, regresamos a casa. En el camino no parábamos de llorar. Se había ido.

-¡Mierda! Ahora entiendo, huevón.

-Se fue el abuelo, huevón. No logro aceptarlo. Me dan unas ganas de darme cabezazos contra la pared pero sé que con eso no lo recuperaré. No volverá a la vida. Recuerdo que mientras volvíamos a la casa, en mi mente rondaba, muy aparte de los momentos que pasamos, su llanto. Cuando lloraba al acordarse de sus padres y hermanos. Era un llanto bien triste. Cada minuto veía por el retrovisor y ahí estaba él. Un cuerpo sin vida. Sin alma. Sin movimientos. Con los ojos cerrados y la boca cerrada.

 

Era lunes y el cadáver de quien les había acompañado por veinte y dos años yacía en la sala de la casa en la que se habían criado. Toda la familia lloraba menos la abuela. Ella no lo sabía. Se encontraba en su habitación y cada vez que preguntaba por él siempre recibía un “le han llevado al doctor para que lo curen, se ha puesto malito. Ya vendrá en estos días” como respuesta. El mal de Alzheimer que le aqueja desde hace un año la mantiene viva.

El doctor, el día que falleció el abuelo, les dijo a los hermanos que lo mejor era que no se enterase, pues podría provocarle depresión o un paro cardiaco. No soportaría y en unos días o meses ella también, posiblemente, partiera. “Si no quieren perderla, no le digan nada”, comentó el galeno.

 

-Ya no pregunta por él. Creo que ya no lo recuerda, Simón.

-¿Es en serio?

-Sí. Creo que el mal de Alzheimer es, por una parte, algo bueno.

-Nada que ver, pero… vamos, fundamenta.

-Creo que es como una termita que va carcomiendo los recuerdos. Uno se olvida lo que iba a hacer minutos atrás, entonces… es obvio que olvidarás las cosas de antaño. Si no fuera por esto la abuela se acordaría a cada momento y estuviera preguntado a cada rato por él, pidiendo verlo. ¿Te imaginas lo que sería? Tendría locos a todos. No lo puede saber. Cuando parta al reencuentro con él, recién se enterará. Aunque a veces dice que él le habla y le comenta que se encuentra bien en el paraíso. Es doloroso. Lo sé, pero creo que es bueno. El abuelo se perdió en la mente de la abuela. Él la acompaña, la cuida en alma, pero ya no en físico.

-Sí, tienes razón.

-Lo único que te pido, Simón, es hacerla feliz hasta sus últimos días. Sacarla a pasear, por ejemplo. Te llamo luego que estoy yendo en el coche a visitar al abuelo. Ya son seis meses, huevón. La verdad que el tiempo ha pasado tan rápido y lento a la vez. Es tan extraño todo, pero sé que él está a nuestro costado. Alucina que pienso que es mi co-piloto en estos momentos. Ja ja ja. Nos vemos.

martes, 8 de octubre de 2013

Consumación

-¿Dónde andas? –le preguntó- ¿Por qué no contestas al móvil?

-¡Qué te importa! No jodas.

Colgó y siguió manejando rumbo a Totoritas, la playa en la que la conoció.

Un policía lo paró a mitad de camino. Esta vez no le pidió su brevete ni tarjeta de propiedad, sino diez soles para la gaseosa y el helado. “Aquí tiene, maestrazo”, le dijo, dándole tres monedas de cinco soles. “Gracias, sobrino”, atinó a decirle el policía, mientras guardaba en uno de sus bolsillos el dinero.

La carretera estaba vacía. Muy raro para un jueves de enero. Gorra negra, lentes obscuros, que ocultaban sus ojos marrones pardos. Barba de tres días, labios algo lastimados por el sol y tez bronceada. Ese era su rostro de presentación en el verano de 2013. Su extraño verano.

-¡Mierda! El motor se recalentó. A esperar, nomas. La putamadre.

El carro, el que dos años atrás su papá le regaló, comenzaba a dar signos de que necesitaba urgentemente mantenimiento. “Tanto tú como yo necesitamos una reparación”, le dijo al carro, mientras se fijaba la hora.

Eran las once de la mañana y seguía sorprendido por lo vacía que estaba la carretera. No podía hacer nada. Todo estaba desolado. Lo único que se le ocurrió fue sacar un porro de marihuana que tenía escondido debajo de su asiento, darle forma de cigarrillo y fumarlo. La cuestión no tardó mucho. A lo mucho cuatro minutos. Sacó el encendedor de su bermuda y lo prendió. Peligrosa no habría querido estar en ese momento. No le gustaba que fumara cigarrillos ni mucho menos hierba. Siempre le pareció horrible.

Al cabo de diez minutos volvió al volante. Con una mano conducía y con la otra fumaba. Su destino estaba a tres horas. Se encontraba solo al igual que su coche en la carretera. “¿Se acabó el verano?”, se preguntó.

Cientoveinte kilómetros por hora. Su coche volaba al igual que él hasta que, de repente, una piedra hizo que el coche pierda el equilibrio y de vueltas de campana. “¡La putamadre, la que me faltaba!", gritó y soltando carcajadas.

-¿Estás bien? ¿No te sucedió nada malo? -le preguntó una muchacha.

-Ni mierda, felizmente. Aunque espero que el coche esté igual que yo –respondió-. ¿Cuál es tu nombre?

La muchacha sonrió y no dijo nada más. Se veía dulce, adorable. Tenía un linda sonrisa, piel bronceada, bonita figura y cabello largo negro. ¿De dónde había salido?

-¿A dónde te diriges?

-Bueno, estoy camino a Totoritas. ¿Quieres acompañarme?

-Dale. Vamos.

-Espera. Tengo que ver si el carro arranca.

La muchacha que recién había conocido se subió al coche y se colocó unos lentes de sol. “¿Y qué vas a hacer en Totoritas?”, le preguntó. “Unos asuntos pendientes”, contestó, soltando una risa y quedándose maravillado por los labios carnosos de la muchacha que acababa de conocer, pero que ni sabía el nombre. “Ufff. No le pasó nada. Pues, vamos”. Arrancó y se fueron.

-PE-LI-GRO-SA –susurró ella-. ¿Tú eres Peligrosa?

-No para nada. Es… bueno, olvídalo –respondió, sonriendo-.

El trayecto fue hablar de las playas que bordeaban la costa y sobre el policía que le había parado para pedirle diez soles para su comida. Ella era muy misteriosa, pero daba la sensación, por momentos, que no.

Cuando llegaron a Totoritas, ambos se sentaron en la arena.

-¿Alguna vez has tenido las ganas de matarte?

-No, para nada. El suicidio no es la respuesta para todos los problemas. Más bien, es un acto de cobardía –respondió la muchacha, mirando hacia el horizonte-.

-Puede ser que sí como también que no. Si uno tiene problemas muy fuertes, ¿qué me recomiendas?

-Ummmm. ¿Arreglarlos, no? ¿Como qué problemas tienes? Cuéntame.

-Son tontos. No valen la pena ni mucho menos la muerte.

-Por ahí leí que la tristeza tiene su momento, pero después es un desperdicio. Esa frase a mi me ayudó demasiado.

-¿Un cigarro?

-No, gracias. Ya no fumo hace tiempo.

-Una cerveza entonces.

-Menos. Ya pasó mi época.

-Bueno, me meteré a la playa.

-¡Vamos!

Los dos se metieron y comenzaron a jugar hasta que él tropezó y desapareció. Ella gritó. Lo buscó por toda el área y nada de nada. Se dirigió al coche en busca del celular y pedir ayuda. Lo único que encontró fue una nota, la cual decía: “Si me toca ir arriba antes que tú, porque existe la vida eterna. Por fin se acabó, soy libre. Si estáis leyendo esta nota después del accidente, ¿sabes?, en las pocas horas que nos conocemos, me caíste muy bien, pero mi destino era desaparecer y vernos lo mínimo. Si en caso te preguntan por mi, diles que estaré bien. Adéu”.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Hola, realidad

Noche de verano. Vamos sujetos de la mano por el muelle, cuando de repente te sueltas y corres hacia el mar. En cada paso aceleras el paso. Siento que huyes de mi. ¿Es un presagio? No lo sé. Aunque nada es para siempre. Tal vez te aburras de mi o viceversa, pero, por mi parte, ni te lo imagines…

Llegas a la orilla y comienzas a saltar. “¿Qué diablos te ocurre? ¿Te chocó el porro de marihuana que fumamos hace media hora?”, grito. Al parecer te haces la sorda. Miro una piedra que tiene forma de silla y me siento.

Tus risos giran al mismo sentido de tus vueltas. Abres los brazos. Sueltas carcajadas. Todo es felicidad. Me sigo preguntado si es producto de la marihuana. Puede ser que sí como también todo lo contrario. Te caes. Ríes. Y te vuelves a levantar, con la diferencia que esta vez estás embarrada de arena. Me llamas. “¡No quiero! ¡Continúa!”, te respondo.

Al no hacerte caso, comienzas a desvestirte. Te sacas la blusa blanca, esa con la que te conocí hace dos veranos atrás. Luego la falda roja, que no sé de dónde la sacaste pero que te queda estupendo. Sigues riéndote. Me vuelves a llamar. Me hago el loco y no respondo.

No te das por vencida y te acercas. Me jalas del brazo y yo cedo. “Está bien. Está bien. Vamos”, respondo, asintiendo la cabeza y sonriendo. Corremos. Saltamos. Nos cogemos de la mano hasta que llegamos al mar. Nuestras miradas se cruzan. Son cómplices. Soltamos risas. La felicidad están muy dibujadas en nuestros rostros. ¡Carajo, qué buen momento!

Nuestros cuerpos se acercan. Ya no se repelen como al inicio. Las risas se borran de nuestros rostros. Nos acercamos más y más. Cierras los ojos y yo también. Taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan. Suena el despertador. Es tarde. Todo fue un sueño. Miro el portarretrato y estás tú. Tan sonriente. Comienzo a reírme y recuerdo que hace cinco años que ya no estás más acá. Hola, realidad.

sábado, 4 de mayo de 2013

Érase una princesa

En el Reino del Desierto, también conocido como Arabia Saudí, el Islam es la religión oficial. Se trata de un país donde los derechos de la mujer son ignorados por una retrógrada interpretación del Islam y usos culturales.

Pero hay una mujer que está haciendo de las suyas y poniendo al reino de cabeza. Ella tuitea –“Mi amor por mi religión, familia y trabajo me definen”, se presenta en la red social-, maneja, no usa el sayón -túnica que cubre desde la cabeza hasta los pies para esconder la feminidad y hacer parecer a todas las mujeres iguales- y se presenta a convenciones internacionales, algo inusual en una princesa que defiende frente a su público y extranjeros su derechos, como el de participar plenamente en la sociedad. Es más, ya se ganó reprimendas por parte de la familia real, como el príncipe Khaled, a quien le disgusta la creciente trascendencia de ella, pues, según él, “viola los valores de (su) familia, la religión y país”. Simplemente, va en contra de las ideas ultraconservaduristas islámicos y más en un estado que es considerado uno de los más misóginos del mundo.

Ella es Ameerah al Taweel, la esposa del príncipe Alwaleed bin Talal, sobrino del rey y uno de los hombres más ricos del mundo según la revista Forbes. Estudió y se graduó con matrícula de honor en Administración de Empresas en la Universidad de New Haven. En una entrevista para la portada de Bloomberg, la princesa de 28 años, mencionó que “el velo es una elección. Hay que respetar a las mujeres con velo, por supuesto, pero las que no lo llevan no son menos musulmanas. Debe ser nuestra elección, y solo Dios puede juzgarnos”. La heredera al trono, además, dentro de las oficinas del Kingdom Holding y la Fundación Alwaleed bin Talal, se ha dado el lujo de que las trabajadoras pueden prescindir del pañuelo y el sayón, algo desacostumbrado en otros lugares del reino.

A pesar que Arabia Saudí es el mayor productor y exportador de petróleo del planeta, ocupa el puesto 131 entre 135 países en el último Informe sobre disparidad de género del Foro Económico Mundial de 2012. Esto muestra lo apartada que está la mujer en participación ciudadana, pero la princesa no es tampoco la única que cree en una evolución de la sociedad saudí, sino las nuevas generaciones de mujeres que acuden a la universidad y luchan para hacerse un puesto en el mundo laboral, a pesar de las trabas sociales y legales que les impone el país. La princesa está totalmente convencida que las saudíes alcanzarán sus verdaderos derechos.

Por otro lado, hay mucho quienes creen lo contrario, pues la califican como “muñeca del príncipe Alwaleed para Occidente” y que da una imagen controversial a lo que ellos acostumbran a mostrar a exterior. Asimismo, están convencidos de que la utilizan como instrumento de relaciones públicas y una forma para dar una figura más moderna para Arabia Saudí.

Sin lugar a dudas, desde la aparición de la princesa Ameerah en Arabia Saudí se ha establecido un antes y un después. La figura de la mujer saudí como aquella alejada de todo, tratada como un ser invisible está quedando atrás. Junto a ella se luchan por hacerse derechos en la sociedad y a fomentar la participación de esta de igual manera en uno de los países más misóginos del planeta. Ella, simplemente, no se está estableciendo una revolución, sino una evolución. Una nueva forma de vida para las “invisibles” mujeres de su país.

domingo, 28 de abril de 2013

Los Cady en pijamas

El sol apuntaba los rostros de los Cady. Frank dormía con su pijama celeste a rayas, el cual a lo lejos y obscuras simulaba ser un preso con sombrero y Sara, su esposa, vestía un traje similar, con la única diferencia que era color verde. Era el verano de 1949 y la pareja, como siempre acostumbraba, se despertaba en su terraza, junto a su perro.

No solían utilizar su casa, ubicada en el Greenwich Village, en New York, pues eran los más calurosos de todo el conjunto habitacional. Este lugar era totalmente diferente. Tenía todo lo que se podía esperar, por ejemplo, un fotógrafo de excelencia, quien tenía la pierna izquierda enyesada tras un accidente; una señora chismosa, escultora de profesión; una chica de hermoso cuerpo, conocida también como la señora Torso; una pareja de recién casados, jóvenes, que no paraban de tener sexo desde que se mudaron al condominio; un pianista, que intentaba componer un tema para escapar de su mediocridad; y un matrimonio de chiflados, compuesto por un viajante y una enfermera.

Frank, de tez blanca y cabello negro, fue el primero en despertar tras una noche marcada por el trabajo nocturno –se dedicaba a escribir para un periódico-, para luego recoger el diario que venía junto a la leche todos los días a las 7am. Segundos más tarde, le seguía Sara, una rubia de nacimiento, quien se ganaba la vida modelando los últimos trajes que creaba la señora Clutter. Ambos dormían con Aristos, su perro de tres años –edad que llevaban casados-, quien a veces los despertaba a lengüetazos. Asimismo, tanto Frank como Sara no imaginarían que su lindo pastor alemán moriría asesinado por venganza. Hacer el amor una noche en la terraza, condenaría el destino de su mascota. Pero eso no corrompería la relación ni su rutina, pues un amigo cercano les regalaría un nuevo perro y todo volvería a lo de siempre: dormir en la terraza todos los veranos.

sábado, 19 de mayo de 2012

Ahora

Benedetti, discúlpame. En estos momentos Viceversa me identifica y por eso lo postearé.

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte.

Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte.

Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte.

O sea,
resumiendo,
estoy jodido
y radiante.
Quizá más lo primero
que lo segundo
y, también,
viceversa.




jueves, 26 de abril de 2012

Dardo (Parte 7)

Tuvimos sexo esa noche. No estoy seguro sobre cuántos polvos fueron, solo sé que nuestros cuerpos se conocieron a la perfección. Amaneció y toda la habitación estaba peor que antes, más desordenada, como si un tornado hubiera arrasado con ella. Ella estaba recostada sobre mí, con la cabeza sobre mi pecho, la hice a un lado, tapé su cuerpo con las sábanas azules desteñidas que mi madre una vez me había regalado en Navidad y fui en busca de un cigarrillo.

Mirando a la calle desde el balcón  fumaba mi quinto cigarrillo. Volteaba cada dos minutos para contemplar el sueño de Flora, que ahora dormía en posición fetal, y estaba atento si es que el muchacho misterioso de camisa blanca, pantalón negro y botas negras de cuero pasaba. Acabé el cigarrillo, me quedé estático por un corto tiempo y tomé la decisión de volver a mi cama. Me acerque a Flora, le hablé al oído y ella, lentamente, abrió los ojos.

-Me quedé dormida-, me dijo.

-Pues, sí. ¿Y sabes? La he pasado de maravilla contigo-, le respondí.

Le hice el amor nuevamente. Nuestros cuerpos volvieron a danzar al ritmo de la pasión. Ella me decía: “te amé desde la primera vez que te vi”; y yo le contestaba: “y yo desde que te cruzaste en mi camino.” Le tocaba los senos e intentaba frotarle los pezones a pesar de que ella moría a carcajadas al momento de hacerlo.

Terminó la danza de nuestros cuerpos y decidimos bañarnos. Yo salí de la ducha primero. Me dirigí rápidamente al closet para buscar alguna prenda para ponerme.  No encontré nada limpio. Me tuve que poner la misma ropa y comencé a preparar el desayuno para los dos. Mientras cocinaba tarareaba una estrofa de la canción de The Beatles titulada Help.

El desayuno fue algo sencillo: cafe y tostadas. Era lo que me gustaba. Si estabas en mi alcoba, estabas en mi mundo. En el que yo reinaba… Sentía que ahora el cuarto era algo diferente con ella. Es más, me atrevería decir que era alegre con su presencia. Flora se acercó a la mesa mirándome a los ojos y sonriendo. Vestía una blusa verde obscuro y tacos de color negro. Se veía preciosa.  Se sentó con delicadeza y me agradeció por el bello gesto que había tenido al preparar el desayuno. “No te preocupes", le dije; a lo que ella contestó: “justo acabas de preparar lo que me gusta. Sin saber lo acabas de hacer”. Me sonrojé y seguí comiendo.

Degustamos el desayuno hablando acerca de los niños. No le gustaban. Yo trataba de que cambie su manera de pensar, a las finales una vez ella fue infante al igual que yo y todos. Se rehusaba y me gustaba más y más. Me volvía loco la forma en que me contradecía. Para todo lo que yo decía había un pero o un “estás equivocado”.

Terminamos de desayunar. Dejamos los servicios en la mesa. Nadie quería levantarlos y menos lavarlos. Nos tiramos a la cama y nos volvimos a quedar dormidos. Esa mañana tuve una pesadilla. Yo me encontraba en la calle, vestido de la misma forma que el muchacho que una vez vi en el balcón y que perseguí. Dos oficiales me buscaban, me querían coger y meterme a la cárcel porque había sido acusado por asesinato. Flora aparecía en el rostro de uno de estos oficiales. Yo le suplicaba que no me llevara a ese lugar. Que yo no había hecho nada, que habían cometido un error y que, tal vez, se confundieron de persona.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Otorongo

A su mujer se la sacaron en la enorme cama de los terrenos, mientras los felinos aparecían destrozados tras su emborrachada noche. Habían decomisado y luego derramado el petróleo que era para encender las antorchas.
Esto era un obstáculo cada mañana, porque los sacerdotes tenían que cocinar el animal antes de que el Otorongo se ponga la rudimentaria vestimenta y coja las armas de la zona.
Antes de su muerte en la trampa, el sonso de la reja de madera gritó: “¡qué carajos!” tras caer encima de las antorchas, gracias a la creativa diestra del Otorongo. Ahora sí se saldría con la suya. Ahora sí la pesadilla de los colonos era muy grande, que por accidente lo mataron al igual que a su mujer…

PD: Hecho en base al procedimiento Tzara.

domingo, 28 de agosto de 2011

Dardo (Parte 6)

“Ok”, dije. Mi alcoba era pequeña pero acogedora, aunque en ese momento estaba desordenada.

Me paré en el centro de la habitación y miré a mi alrededor para ver que podía cambiar de posición o acomodar, pero fue en vano. Me senté y  quedé dormido en el suelo. Estaba muy cansado para ordenar, es más, me prometí no ordenar mi cuarto hasta que cumpla 3 meses viviendo en ella.

Mientras dormía comencé a soñar con Flora. Ella en un caballo blanco y yo en un camello. Ella contenta me  invitaba a seguirla. Yo la seguía pero de un momento a otro me caí en un precipicio, aunque ella sí lo cruzó –y sin dificultad alguna-. Justo en plena caída me desperté y vi a mi alrededor y la radio emitía una canción de The Beatles.

Luego de 15 minutos de seguir echado en el suelo me paré, me desnudé y fui a darme un baño. Llegué a la ducha, me puse en frente de la fregadera como quien retando a otra persona a pelear, tomé la llave, la giré y salió el agua. Caía el agua sobre mí y yo no hacía movimiento alguno hasta que escuché el toc toc que le daban a la puerta. “¿Quién es?”, dije. Entonces escuché pasos que se acercaban a la ducha. Me asusté al comienzo, porque pensé que se trataba de algún ladrón. Los pasos incrementaban su sonido, entonces hizo a un lado la cortina de la tina y se me vino encima. Era ella, era Flora… Aquella muchachita de cabello corto, rizado, de tez blanca y ojos pardos se me lanzaba como una fiera a mí y yo, un tímido joven con ideas diferentes a las de ella, la abrazaba y besaba con desenfreno.

Salimos de la ducha mientras yo la desnudaba, la eché a mi cama y la trate como una reina.

jueves, 30 de junio de 2011

¿Suerte o fracaso?

Hace quince semanas empecé otro ciclo más en la universidad. Desde ese día creo que me levanto con pie derecho. Durante esta aventura hubieron pequeños traspiés que me han hecho entender en que todavía puede haber un hoyo en el cual pueda caer. Pero no le tomo la importancia, pues la moral está al tope. Aunque ese tope tiene límites y ese mismísimo tope me puede recibir con una bofetada que me haga despertar de esta dulce pesadilla.

Sin exigirme al 100 por ciento, he logrado mucho. Aún creo que esto es cuestión de suerte. ¿Llegará el momento en que se detenga todo esto? ¿Ya se acerca su final? Los finales están a la vuelta de la esquina. Empiezan el lunes, pero martes para mí y no tengo las ganas de leer ni la primera hoja de las tantas lecturas que me han dejado en los diferentes cursos. Probablemente el destino me siga dando fortuna o tal vez un gran fracaso.