domingo, 5 de julio de 2009

Prometeo

Siempre quise estar confesando a la gente en una iglesia pero no quise ser cura. Me suelo preguntar muchas veces, como también ¿Pude haber sido un astronauta no llegando al espacio? ¿Pude haber sido un gran bombero sin apagar un incendio? Pues, todas estas cosas no lo sé ni tengo la menor idea, más a veces no me importan. Suelo fumar un cigarro y mandarme un whisky del bar para poder alucinar o simplemente recordar aquellas ideas que, cuando era niño, se me pasaban por la cabeza. Pues estas preguntas son las que me identifican poco a poco -con el paso de los años- a mí ser, pero a veces no el encuentro gran significado, nunca me imagine trazarme la meta de llegar en un futuro ser escritor y morir solo y abandonado, pues hace unos dos años se me ocurrió aquella idea de la cual mucha gente –al contarle esto- piensa que estoy loco y que me falta vivir mucho. Estas y muchas suceden en aquella vida que al levantarme agradezco por tenerla, no tengo ni poco por vivir, sé que la muerte puede venir en el momento menos esperado y hacerme dar un paso al costado, pero no le tengo miedo ni le tendré, por que el temer es para los cobardes y yo no soy uno de esos.

Creo que hablo ridiculez y media –fácil es el grado etílico en el cual estoy pasando- en este momento en que estoy escribiendo esta historia que dice así.

Todo el mundo entra en pánico, nadie puede estar tranquilo, ya que saben lo que les espera, aunque hay una persona que si se mantiene quieta y observando a los demás como corren desesperados buscan un lugar donde refugiarse de aquella fuerza sobrenatural que hace justicia en este planeta, es Prometeo, aquel hombre que está con ese semblante. Él es el que podrá sobrevivir de toda esta ira, aquel que si supo guardar la perla de la sabiduría y que supo cuidar de su mujer, a la que amo más que a sí mismo y no hizo mal alguno.

Prometeo era de aquellas personas que vivía en la pobreza de su alma y que recorrió un largo camino para llegar aquella felicidad que el destino le tenía preparado para él. Creía en la naturaleza y en el hombre como la máxima creación de esta y de aquel ser superior que también lo creo, pero siempre se quejaba porque toda su vida era tristeza y maleza, muchas veces pensó en que se haría feliz de la manera que él quería y desafió al destino con una condición: el ser inmortal. Pues el destino aceptó aquel desafío que Prometeo le había propuesto y así se dio inicio a todo esto. Apenas con 78 años de vida, empezó una relación con una mujer, la cual era menor, pero que le enseñó la vida de una manera muy diferente a la que Prometeo había vivido.

Un día se conoció con ella. Prometeo pasaba su soledad en un recinto -el cual él no quiere especificar-, lo único que hacía era beber y fumar, simplemente pensaba que este era un buen refugio en su soledad, hasta que vio a aquella mujer de la cual nunca se había encontrado. Prometeo se quedó petrificado de ver tanta belleza mezclada con dulzura, pensaba que estaba en otro mundo, como él siempre solía estar. Se quedó callado y huyo a su hogar, donde la dibujo –algo ridículo en él- tal y cual la vio, pero luego lo quemó, pensaba que no le haría caso y que por las puras se fijaría en ella, además el era de naturaleza triste y todo lo que empezaba a volverle en la mente y revolcar sus sentimientos lo convertían en un nuevo ser, prácticamente estaba perdiendo.

Luego de un largo tiempo se volvió a encontrar de nuevo con aquella chica, pero esta vez no retrocedió y le buscó conversación. En cada palabra que el mencionaba se notaba el entusiasmo que tenía Prometeo y la chica como que podía entender lo que él quería transmitir, y es así que la invitó a salir. Ella aceptó y Prometeo feliz se fue a su hogar y empezó a alucinar. Aquel día, Prometeo decoró su cuerpo con vestuarios que él no solía ponerse, estaba entusiasmado, buscaba el perfume indicado para la cita, lustraba los zapatos cada diez minutos, estaba entusiasmado. Pasaron alrededor de 30 minutos y Prometeo cogió el ramo de rosas rojas, subió a su coche y pensó: Tranquilo, todo saldrá bien.

Prometeo presionó el acelerador de tal manera que su coche corría mucho más que un leopardo, no tardo ni quince minutos para llegar y esperó a su cita con su rosa roja. La chica, al llegar al lugar se llevo una grata sorpresa, Prometeo, aquella persona que no vestía muy bien, ahora estaba vestido como todo un caballero. Ella le sonrió y él se sonrojo y le dio la rosa que con tanto afecto había conseguido para entregársela. Entraron al restaurante y empezaron a charlar y con cada palabra que salían de sus labios se entrelazaban sus sentimientos, Prometeo guardaba la compostura pero no podía a tal punto que no pudo contenerse y robó un beso a la chica, la cual no mostró enfado alguno y no le lanzó la típica bofetada que suelen dar las mujeres.

Pasado unas cuatro salidas, Prometeo le pidió a la chica que sea su enamorada, ella acepto y al poco tiempo se casaron. Prometeo se sentía muy especial de tal manera que solía decir que estaba en el cielo. Ella, durante el poco tiempo que llevaban, le enseñaba que la vida no era angurrienta como él pensaba, ella hizo que la vida se torne color rosa y que cada día que pasaba sea como aquella primera cita que sucedió entre los dos. Se dice que de su casa solían salir mariposas de colores nunca antes vistos y tan lindos como las melodías de Ludwing Van Beethoven o el gran Wolfgang Amadeus Mozart.

Hasta que sucedió lo que nunca debió de suceder, la muerte de su chica llevó a Prometeo al olvido, volvió al mundo donde había venido, pero gracias a una carta que ella le había dejado Prometeo supo valorar el tiempo que había pasado con ella y supero aquel tropezón que da la vida y supo comprender que aunque ella no esté en cuerpo siempre lo acompañaría en alma. Prometeo se dio cuenta que no había hecho mal alguno y que el día de la hora estaba llegando y se encontraba muy preparado, hasta que se dio y Prometeo pudo llegar a la felicidad aunque haya perdido contra el destino, pero al menos lo logró y eso le valió para estar en el firmamento con su dulce y adorable chica.