jueves, 26 de abril de 2012

Dardo (Parte 7)

Tuvimos sexo esa noche. No estoy seguro sobre cuántos polvos fueron, solo sé que nuestros cuerpos se conocieron a la perfección. Amaneció y toda la habitación estaba peor que antes, más desordenada, como si un tornado hubiera arrasado con ella. Ella estaba recostada sobre mí, con la cabeza sobre mi pecho, la hice a un lado, tapé su cuerpo con las sábanas azules desteñidas que mi madre una vez me había regalado en Navidad y fui en busca de un cigarrillo.

Mirando a la calle desde el balcón  fumaba mi quinto cigarrillo. Volteaba cada dos minutos para contemplar el sueño de Flora, que ahora dormía en posición fetal, y estaba atento si es que el muchacho misterioso de camisa blanca, pantalón negro y botas negras de cuero pasaba. Acabé el cigarrillo, me quedé estático por un corto tiempo y tomé la decisión de volver a mi cama. Me acerque a Flora, le hablé al oído y ella, lentamente, abrió los ojos.

-Me quedé dormida-, me dijo.

-Pues, sí. ¿Y sabes? La he pasado de maravilla contigo-, le respondí.

Le hice el amor nuevamente. Nuestros cuerpos volvieron a danzar al ritmo de la pasión. Ella me decía: “te amé desde la primera vez que te vi”; y yo le contestaba: “y yo desde que te cruzaste en mi camino.” Le tocaba los senos e intentaba frotarle los pezones a pesar de que ella moría a carcajadas al momento de hacerlo.

Terminó la danza de nuestros cuerpos y decidimos bañarnos. Yo salí de la ducha primero. Me dirigí rápidamente al closet para buscar alguna prenda para ponerme.  No encontré nada limpio. Me tuve que poner la misma ropa y comencé a preparar el desayuno para los dos. Mientras cocinaba tarareaba una estrofa de la canción de The Beatles titulada Help.

El desayuno fue algo sencillo: cafe y tostadas. Era lo que me gustaba. Si estabas en mi alcoba, estabas en mi mundo. En el que yo reinaba… Sentía que ahora el cuarto era algo diferente con ella. Es más, me atrevería decir que era alegre con su presencia. Flora se acercó a la mesa mirándome a los ojos y sonriendo. Vestía una blusa verde obscuro y tacos de color negro. Se veía preciosa.  Se sentó con delicadeza y me agradeció por el bello gesto que había tenido al preparar el desayuno. “No te preocupes", le dije; a lo que ella contestó: “justo acabas de preparar lo que me gusta. Sin saber lo acabas de hacer”. Me sonrojé y seguí comiendo.

Degustamos el desayuno hablando acerca de los niños. No le gustaban. Yo trataba de que cambie su manera de pensar, a las finales una vez ella fue infante al igual que yo y todos. Se rehusaba y me gustaba más y más. Me volvía loco la forma en que me contradecía. Para todo lo que yo decía había un pero o un “estás equivocado”.

Terminamos de desayunar. Dejamos los servicios en la mesa. Nadie quería levantarlos y menos lavarlos. Nos tiramos a la cama y nos volvimos a quedar dormidos. Esa mañana tuve una pesadilla. Yo me encontraba en la calle, vestido de la misma forma que el muchacho que una vez vi en el balcón y que perseguí. Dos oficiales me buscaban, me querían coger y meterme a la cárcel porque había sido acusado por asesinato. Flora aparecía en el rostro de uno de estos oficiales. Yo le suplicaba que no me llevara a ese lugar. Que yo no había hecho nada, que habían cometido un error y que, tal vez, se confundieron de persona.

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