martes, 8 de octubre de 2013

Consumación

-¿Dónde andas? –le preguntó- ¿Por qué no contestas al móvil?

-¡Qué te importa! No jodas.

Colgó y siguió manejando rumbo a Totoritas, la playa en la que la conoció.

Un policía lo paró a mitad de camino. Esta vez no le pidió su brevete ni tarjeta de propiedad, sino diez soles para la gaseosa y el helado. “Aquí tiene, maestrazo”, le dijo, dándole tres monedas de cinco soles. “Gracias, sobrino”, atinó a decirle el policía, mientras guardaba en uno de sus bolsillos el dinero.

La carretera estaba vacía. Muy raro para un jueves de enero. Gorra negra, lentes obscuros, que ocultaban sus ojos marrones pardos. Barba de tres días, labios algo lastimados por el sol y tez bronceada. Ese era su rostro de presentación en el verano de 2013. Su extraño verano.

-¡Mierda! El motor se recalentó. A esperar, nomas. La putamadre.

El carro, el que dos años atrás su papá le regaló, comenzaba a dar signos de que necesitaba urgentemente mantenimiento. “Tanto tú como yo necesitamos una reparación”, le dijo al carro, mientras se fijaba la hora.

Eran las once de la mañana y seguía sorprendido por lo vacía que estaba la carretera. No podía hacer nada. Todo estaba desolado. Lo único que se le ocurrió fue sacar un porro de marihuana que tenía escondido debajo de su asiento, darle forma de cigarrillo y fumarlo. La cuestión no tardó mucho. A lo mucho cuatro minutos. Sacó el encendedor de su bermuda y lo prendió. Peligrosa no habría querido estar en ese momento. No le gustaba que fumara cigarrillos ni mucho menos hierba. Siempre le pareció horrible.

Al cabo de diez minutos volvió al volante. Con una mano conducía y con la otra fumaba. Su destino estaba a tres horas. Se encontraba solo al igual que su coche en la carretera. “¿Se acabó el verano?”, se preguntó.

Cientoveinte kilómetros por hora. Su coche volaba al igual que él hasta que, de repente, una piedra hizo que el coche pierda el equilibrio y de vueltas de campana. “¡La putamadre, la que me faltaba!", gritó y soltando carcajadas.

-¿Estás bien? ¿No te sucedió nada malo? -le preguntó una muchacha.

-Ni mierda, felizmente. Aunque espero que el coche esté igual que yo –respondió-. ¿Cuál es tu nombre?

La muchacha sonrió y no dijo nada más. Se veía dulce, adorable. Tenía un linda sonrisa, piel bronceada, bonita figura y cabello largo negro. ¿De dónde había salido?

-¿A dónde te diriges?

-Bueno, estoy camino a Totoritas. ¿Quieres acompañarme?

-Dale. Vamos.

-Espera. Tengo que ver si el carro arranca.

La muchacha que recién había conocido se subió al coche y se colocó unos lentes de sol. “¿Y qué vas a hacer en Totoritas?”, le preguntó. “Unos asuntos pendientes”, contestó, soltando una risa y quedándose maravillado por los labios carnosos de la muchacha que acababa de conocer, pero que ni sabía el nombre. “Ufff. No le pasó nada. Pues, vamos”. Arrancó y se fueron.

-PE-LI-GRO-SA –susurró ella-. ¿Tú eres Peligrosa?

-No para nada. Es… bueno, olvídalo –respondió, sonriendo-.

El trayecto fue hablar de las playas que bordeaban la costa y sobre el policía que le había parado para pedirle diez soles para su comida. Ella era muy misteriosa, pero daba la sensación, por momentos, que no.

Cuando llegaron a Totoritas, ambos se sentaron en la arena.

-¿Alguna vez has tenido las ganas de matarte?

-No, para nada. El suicidio no es la respuesta para todos los problemas. Más bien, es un acto de cobardía –respondió la muchacha, mirando hacia el horizonte-.

-Puede ser que sí como también que no. Si uno tiene problemas muy fuertes, ¿qué me recomiendas?

-Ummmm. ¿Arreglarlos, no? ¿Como qué problemas tienes? Cuéntame.

-Son tontos. No valen la pena ni mucho menos la muerte.

-Por ahí leí que la tristeza tiene su momento, pero después es un desperdicio. Esa frase a mi me ayudó demasiado.

-¿Un cigarro?

-No, gracias. Ya no fumo hace tiempo.

-Una cerveza entonces.

-Menos. Ya pasó mi época.

-Bueno, me meteré a la playa.

-¡Vamos!

Los dos se metieron y comenzaron a jugar hasta que él tropezó y desapareció. Ella gritó. Lo buscó por toda el área y nada de nada. Se dirigió al coche en busca del celular y pedir ayuda. Lo único que encontró fue una nota, la cual decía: “Si me toca ir arriba antes que tú, porque existe la vida eterna. Por fin se acabó, soy libre. Si estáis leyendo esta nota después del accidente, ¿sabes?, en las pocas horas que nos conocemos, me caíste muy bien, pero mi destino era desaparecer y vernos lo mínimo. Si en caso te preguntan por mi, diles que estaré bien. Adéu”.

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