Estabas alistándote para aquella noche de ternura, pasión y mucho amor. Él estaba por llegar, y tú comenzabas a alistarte. Te metiste a la ducha y demoraste aproximadamente 30 minutos, como si iba a ser la última vez que te bañarías. Pasado unos minutos, saliste, encendiste la radio, cerraste la ventana, corriste la cortina, te soltaste la bata y comenzaste a caminar desnuda. Tu piel era muy blanca, la leche perdía en una competencia de color a tu lado; tus labios ni que decir: suaves, pequeños, rojos carnosos; tu nariz perfecta; tus ojos redondos, verdes, como cerveza irlandesa; tu cuerpo de aproximadamente un metro sesenta de estatura, delgado donde todo hombre se pierde con solo pasar la mano y llegar a tu trasero.
Te sentiste en casa, pues esta era tu casa pero aquel muchacho aun no llegaba, ¿verdad? Traté de mostrarte que se encontraba aquí pero no contigo, sino con otra. Eran las 15 para las ocho, y su ausencia brillaba. Te desesperabas. Luego de mantenerte desnuda por una hora y haber recorrido toda la habitación, empezaste a ponerte la ropa de trabajo: unas pantis transparente, que pasaban hasta las rodillas; una bata rosada para ser más atrayente; pensaste en colocarte un collar de perlas pero luego, te desististe de hacerlo. Estabas preparada para la gran noche pero él nunca llegó, estaba con otra. Entonces decidiste esperarlo con un suave movimiento de labios donde decías: ya llegará. Paseabas por toda la habitación, cada cinco minutos mirabas al reloj, y por último, te mirabas al espejo acomodándote el cabello.
Pasaron cerca de 2 horas para que te des por vencida, es así que cogiste un abrigo de piel de dálmata, a lo cruela Devil, y saliste a pasear. Durante tus 45 minutos de caminata, te preguntabas: ¿Por qué no llegó? ¿Qué le habrá ocurrido? Luego, tú sola te respondías: Fácil tuvo más trabajo o, tal vez, una cena familiar. Hasta que te sentaste en un banco del parque que está al frente del edificio donde trabajabas, echaste la mirada hacia la derecha y te sorprendiste al ver a un anciano, sentado junto a su bastón y un pequeño pastor alemán. El hombre era una mediana pasa, de no menos un metro setenta; tenía una mirada alegre y sencilla, como si él nunca hubiera envejecido; vestía un pantalón beige, unos zapatos de tacón y una chompa color marfil. El viejo te vio y empezó la conversación.
—Hola, niña. ¿Qué haces caminando a estas horas? –con voz ronca y débil.
—Solo quería salir a respirar y pensar.
—Una jovencita como vos debería estar en su casa, viendo televisión o saliendo con sus amigas.
—Lo sé, lo sé pero no dejo de pensar en alguien.
—¿Y quién es esa persona?
—Un muchacho muy atractivo... pero hay un problema.
—¿Y cuál es?
—Que lo amo pero él le pertenece a otra. No sabes, me he llegado a enamorar con todo mi corazón. Al comienzo, era uno de los tantos pero ahora, es diferente.
—¿Cómo? No entiendo. A ver, explícame.
—Es que soy una dama de compañía. Trabajo en aquel edificio y hace tres meses conocí a Francisco, un hombre encantador. Lo malo es que él tiene familia: tres hijos y una mujer encantadora. Nos conocimos en una pizzeria, y desde esa vez nos hemos visto frecuentemente hasta que una vez, unos compañeros de él, lo llevaron a mi lugar de trabajo y justo estaba en pleno show y lo vi. No sabes, me quedé petrificada, mi corazón latía a 1000 por minuto –no sabía qué hacer-. Recuerdo que me acerqué, lo cogí de la corbata y lo llevé a mi habitación, luego pasó lo que tenía que pasar. Pero no tuvimos sexo, hicimos el amor, aquel acto puro y sagrado entre dos personas que se atraen hasta más no poder.
—¡Santa Madre de Dios! Yo que tú, me voy a una iglesia y me confieso. Pero creo que lo mejor sería ir a buscarlo y decirle que lo amas, aunque no te interese lo que pase pero que siempre estarás ahí.
—Gracias, te lo agradezco.
Entonces, te paraste, te inclinaste y, posteriormente, le diste un beso en la mejilla al anciano y te fuiste.
Al llegar al edificio, decidiste ingresar por la puerta trasera y así fue. En un recóndito pasaje, a la derecha, abriste la puerta y entraste. Era oscuro, adornado de luces verdes y azules. Te sentiste como la primera vez accediste a aquel lugar hasta que llegaste a la última habitación. Esta habitación estaba con la puerta apenas cerrada pero te llamó la atención algo. En el suelo, se encontraba una corbata roja con rayas doradas y negras, era de él; así que, con pasos ligeros ingresaste y lo viste con otra meretriz. Sentiste lástima, envidia y asco, que lo primero que hiciste fue salir como entraste: de puntillas. Te dirigiste a tu habitación sin decir una palabra a nadie, como un alma en pena; abriste la puerta e ingresaste; te echaste en tu cama y comenzaste a llorar de rabia, te sentías como la peor mujer del mundo.
Entonces, por tu despecho fuiste a tu closet y, entre la ropa, sacaste un cuchillo y lo apretaste con una fuerza increíble. Es así que comenzaste un pequeño camino hacia la habitación de tu amiga, la cual se estaba revolcando con tu amado.
Cada paso era una lágrima que caía de tus ojos, cada gota reflejaba aquel momento en que viste a Francisco en la cama de otra mujer y no en la tuya. Llegaste a su habitación, mientras que el tenía sexo con otra golfa, te acercaste sin que te sientan pero justo en el momento en que levantabas la mano con el puñal, él volteó; entonces, tú te clavaste la daga y tus labios pronunciaron una pequeña frase: “Gracias por todo, te amo”. Caíste al suelo y a los pocos minutos perdiste la vida.

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