viernes, 5 de febrero de 2010

Aquel movimiento que acabó con mi territorio

Cuando vi por primera vez el mar, era una tarde de enero. El clima era semi soleado, con nubes alrededor y justo eran las siete para las cinco. Cuando vi por primera vez el mar, estaba junto a mi mamá y mi papá, corriendo con libertad hacia el mar, pues era la primera vez que estaba en este lugar que tanto me impresionó y llenó de admiración. Admiración y satisfacción de ver otro mundo lleno de vida azul y tan infinito que no tenía idea cuantas personas podrían caber. Cuando vi por primera vez el mar, no me imaginaba que sería tan majestuoso, tan real, tan puro, tan divino, una obra perfecta creada por Dios. Cuando vi por primera vez el mar, mi sueño se había hecho realidad, mi sueño que día a día esperaba estaba allí, en las costas del balneario donde yo siempre quise ir, pero mis padres siempre me lo habían prohibido.

La tierra comenzó a bailar con alocado movimiento en zig-zag, los árboles parecían caminar. Parecía que la tierra hubiera aprendido a hacer olas como el mar. El cielo me hacía imaginar que iba a colapsar, el muelle hizo de su propiedad el movimiento de una serpiente: de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Un grito enfurecido se escuchaba desde las colinas, no sabía que ocurría, cuando vi por primera vez el mar.

Mi madre gritaba y mi padre trataba de tranquilizarla. Mi madre lloraba, mi padre la acariciaba. Y yo no sabía que pasaba cuando vi por primera vez el mar. Lagrimas y descontrol, la ira de Dios no tenía remedio, pues no pensaba que esto era un cataclismo. Mi gran soñado encuentro con el mar había sido ni tan malo ni tan bueno. Tan solo había sido un frío amargo de limón que había embriagado a la tierra para que esta se moviera. Me lo había dicho mi padre, un martes, cuando vi por primera vez el mar.

Fueron minutos de dolor y desesperación que se apoderaron del territorio, y, por supuesto, de mí. Luego, al terminar los quince segundos de movimiento, que más bien parecían horas donde se derribó por completo mi país. Perdí a mis seres queridos, menos a mi padre y a mi madre. Al terminar el baile de la tierra corrí hacia el pueblo donde vivo, me internet en el pequeño bosque, y mientras lo recorría me encontraba con los animales que me miraban tristes y asustados. Luego el panorama destructivo me daba la bienvenida, todo estaba en escombros. Gente llorando, pidiendo ayuda, lamentando la pérdida de su ser amado. Entonces corrí a la iglesia, que está a la espalda de mi casa y también estaba derrumbada. No me quedaba otra de soportar el dolor de ver a mis demás seres queridos tal vez sin vida. Cuando vi por primera vez el mar, aprendí a ser fuerte y a tener corazón de piedra.

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P.S.: Dedicado a las víctimas de Haití.

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