Ese día, ese día lo esperaba con ansias, más no con angustias. Todo comenzo en una tarde de verano, cuando derrepente recibi la llamada de la adorada, respondí el teléfono y con mi voz delate que era yo. Pues, siempre respondo el teléfono, eso no importa, creo yo. Empezamos a charlar unos cuantos minutos, durante la conversación, mi mente estaba perdida en el espacio pensando en que algún día estaría en algún lugar privilegiado junto a ella, pero no era como esperaba, era totalmente diferente, no era como lo esperaba. Seguíamos hablando hasta que me invitó a su casa, de la cual conosco como llegar y no la dirección donde bajar; entonces acepté ir, ya que me moría de ganas de ir.
Terminé de conversar por teléfono y tomé un baño, durante el duchaso que me daba, pensaba ¿Será este el día en que pueda decirle? ¿Será?, pues dime tu Dios, que pasará hoy día, respeto si es malo o bueno, pero mejor que pase lo bueno. Es así que terminé de ducharme y cambiarme, demoré 30 minutos buscando prendas que den con los jeanes pegados que uso, ya que mi cuerpo delgado y flacuchento no da para más, hasta que culminé en vestirme e hecharme un perfume, pero no tanto, ya que no soy francés.
Salí de mi casa -apresurado, porque la hora se había pasado-, agitado llegué al paradero y tome el primer coche que pasaba, le pedí al conductor que tenga piedad de un misio como yo y que además estuviera cerca y que me cobrara menos. Él acepto y entré al coche, durante el camino cantaba Calamaro, así que no quería bajarme del automóvil hasta que termine la canción. El tipo se enfadó y me pidió que me fuese si es que no quería problemas, pues le dije que solo era un momento no una hora o dos, solo unos dos minutos, me reprocho diciéndome: Claro, como tú no trabajas, ¿No tienes prisa mocoso idiota?. Me alteré, mis nervios me engañaron, lo insulté y me lancé el dinero. El tipo arrancó su coche y se quito.
Era hora, había llegado el momento en que pondría a aclarecer mis dudas que tenía, cruce la pista, camine una cuadra y media, toque el timbre y pregunta por ella. Empecé un poco a sentirme nervioso, ya que no sabía cómo iba a empezar la conversación.
Entonces, ella salió a su puerta, me saludo y me dejó pasar a su hogar. Yo todo nervioso –me sentía como perro con distemper- a las justas podía murmurar algunas palabras que trataba de decir, ella, toda tranquila me pregunto: ¿De qué querías conversar conmigo?....
Disculpen, hasta ahí quedo, no puedo comentar más, se los dejo a su imaginación…
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